Disolución de los Templarios
La orden de los templarios llevaba ya unos doscientos años de existencia. Fundada en Palestina por los cruzados, difundida luego por Europa y especialmente en Francia, no había aún perdido de vista el fin para el cual fue fundada, en el cual entraban por partes iguales la actividad guerrera y la práctica de la beneficencia.
Hacía sólo unos pocos años que había caído San Juan de Acre, el último punto de apoyo del cristianismo en Palestina. Pero aun cuando no hubiera de haber ya ninguna otra cruzada, lo cual entonces no podía preverse todavía, nada impedía que los templarios se buscaran un nuevo campo de acción, como hicieron los sanjuanistas, que prosiguieron la lucha contra los turcos en el Mediterráneo, o los caballeros teutónicos, que trasladaron al nordeste europeo su obra de conquista, y evangelización, o las órdenes militares españolas, que combatían contra los moros y rescataban esclavos cristianos.
De súbito, Felipe el Hermoso tuvo noticia de unas inauditas monstruosidades que los templarios practicaban en secreto: idolatría, una desenfrenada licencia y un sinfín de otros crímenes. En el año 1307 hizo encarcelar a todos los templarios franceses, en número de unos dos mil.
Las desatentadas acusaciones, cortadas sobre el mismo patrón de las monstruosas calumnias lanzadas por el propio rey contra Bonifacio, no merecían el menor crédito. Que algunos templarios hubieran faltado a sus deberes, era perfectamente posible, pero lo mismo hubiera podido decirse de miembros de cualquier otra orden religiosa; mas ni entonces ni más tarde pudo nadie presentar una prueba fehaciente de los crímenes que se le imputaban.
Lo malo era que la orden poseía muchas riquezas, y como el rey las ambicionaba, había que probar la culpabilidad de aquélla a cualquier precio. Las posesiones de los templarios tenían el carácter de fundaciones eclesiásticas de beneficencia, y para que el rey pudiera confiscárselas necesitaba que el papa disolviera las fundaciones. Para intimidar al papa, le presentó las confesiones de los reos, arrancadas bajo tormento.
El débil Clemente V se dejó acobardar, temeroso, además, de que, si irritaba a Felipe, éste le forzara a iniciar el proceso contra Bonifacio VIII. Al final se decidió a convocar un concilio ecuménico en Vienne (1311), para sacudirse sobre éste la responsabilidad. Sin embargo, los padres no se declararon convencidos por las pruebas y documentos que se les presentaron y se resistieron a sentenciar la culpabilidad de los templarios.
Muchos de éstos, en el entretanto, habían sido ya ajusticiados. El papa, acosado incesantemente por el rey, que asistía también al concilio, encontró finalmente la escapatoria de disolver la orden por un simple acto de provisión apostólica, sin necesidad de dictar sentencia formal, cosa para la cual el papa está siempre facultado con respecto a cualquier orden religiosa.
En cuanto a los bienes, para no defraudar la finalidad de las fundaciones, fueron atribuidos a los caballeros de Rodas y a otras órdenes militares, aunque muy poco fue lo que llegó realmente a sus manos. Prosiguieron las ejecuciones, que difícilmente pueden considerarse como actos de provisión administrativa. Finalmente, en 1314, el gran maestre Jacobo de Molay, que hasta el final defendió la inocencia de los suyos, pereció en la hoguera.
La extinción de los templarios es uno de los mayores escándalos de toda la historia eclesiástica, y pesa como una losa sobre la memoria de Clemente V, que en ello desempeñó el papel de Pilato.