La dieta del Dr. Dukan

 

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El cisma

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Para la cristiandad resultaba extremadamente difícil decidir de qué lado estaba el derecho. La elección de Urbano VI se había celebrado en circunstancias anormales. Los testigos más autorizados, o sea, los propios electores, afirmaban haber obrado bajo la coacción y la violencia. Clemente VII, elegido unánimemente por los cardenales, se estableció en Aviñón, que desde hacía dos generaciones pasaba ante la cristiandad como la residencia habitual de los papas.

No es, pues, de extrañar que anduvieran divididas las opiniones, aun las de los mejores. La escrupulosa investigación de las incidencias de la elección de Urbano VI ha demostrado, sin lugar a dudas, su validez. El temor a los tumultos populares no hizo más que precipitar la elección, pero no la decidió.

La comedia cuyo protagonista fue Tibaldeschi demuestra con toda claridad que los cardenales temían haber elegido a un candidato impopular. Menos peso tiene el hecho de que más tarde prestaran obediencia a Urbano VI, recibieran la comunión de sus manos y solicitaran de él diversas gracias; pues tal conducta no puede ya explicarse por temor al pueblo, y sí, en cambio, por temor al propio Urbano VI.


Pero en aquellos momentos, las cosas no estaban tan claras como ahora. En favor del antipapa se pronunciaron incluso grandes santos, como el dominico san Vicente Ferrer. En cambio, Catalina de Siena, se mantuvo fiel a Urbano, y dirigió a los cardenales un escrito inflamado de indignación, aunque tampoco se abstuvo de reconvenir con la mayor franqueza al obstinado pontífice.


Desde el principio se mantuvieron al lado de Urbano VI el em­perador Carlos IV, aunque éste murió en 1378, y su sucesor Venceslao (1378-1400), Italia excepto Nápoles, Inglaterra, Hungría y Escandinavia. A la obediencia del papa aviñonés pertenecían Francia, España, Sicilia, Nápoles, Saboya, Escocia, Portugal y parte de Alemania. De todos modos, las obediencias se alternaban. A menudo las propias diócesis estaban divididas, lo mismo que las órdenes. Huelga decir que en ello influían también razones politicas, como la enemiga entre Francia e Inglaterra.

La universidad de París después de unas vacilaciones iniciales se había pronunciado por Clemente VII, pero siguió manteniendo una cierta neutralidad. Para la Iglesia, la situación era, naturalmente, tristísima y a la larga no podía menos que resultar funesta.

De todos modos, no hay que exagerar la importancia de los daños inmediatos. Entre los fieles no existía en aquel momento ninguna herejía, ni movimiento alguno de rebeldía contra la autoridad eclesiástica. Nadie dudaba de que la unidad de la Iglesia se basaba en la comunión con el sucesor de Pedro; sólo que no estaba seguro de cuál de los dos rivales era el auténtico sucesor del apóstol.

La labor pastoral seguía su curso habitual, al menos en los países en que la división no alcanzaba a las diócesis. Pero andando el tiempo era inevitable que los daños salieran a la superficie. De momento, el cisma no provocó indiferencia, antes al contrario, un estado de hipersensibilidad religiosa. Por así decir, la Iglesia entera fue presa de una excitación nerviosa, que se manifestaba en la aparición de los más descabellados planes de reforma.

 

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