La dieta del Dr. Dukan

 

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El Concilio de Constanza

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No parecía quedar otra esperanza que la de un concilio ecuménico. El rey de Alemania Segismundo (1410-1437) invitó a Juan XXIII a convocarlo, en calidad de papa legítimo. La asamblea se reunió en Constanza el año 1414.
Juan XXIII había accedido a convocar el concilio porque estaba seguro de contar en él con la mayoría de los prelados.

Pero apenas llegó a Constanza, no tuvo más remedio que reconocer que el ambiente le era desfavorable. Para las votaciones se acordó un procedimiento totalmente nuevo: en lugar de votarse por cabezas, se votaría por naciones, según el modelo de las universidades. Se formaron cinco naciones: alemana, francesa, inglesa, italiana y el colegio cardenalicio.

De este modo quedaba descartada toda posibilidad de que los prelados italianos, partidarios de Juan XXIII, hicieran valer su superioridad numérica. Se acordó, además, que dentro de las diversas naciones, no sólo tendrían asiento y voz los prelados, sino también los teólogos, canonistas y embajadores de los monarcas.

Al ver Juan XXIII que se esfumaban las perspectivas de ser confirmado en su dignidad, abandonó secretamente Constanza, esperando que con ello frustraría el concilio. En efecto, eran muchos los que con esto lo consideraban fracasado: no se iría a nombrar un cuarto papa.

Si el sínodo no se disolvió fue gracias a los esfuerzos de dos personas: Juan Gerson, el famoso canciller de la universidad de París, y el cardenal Pedro de Ailly. Estos declararon que el concilio estaba por encima del papa, que por consiguiente no necesitaba de la autoridad de éste ni podía el papa disolverlo. El principio era insostenible teológicamente, pero los padres no disponían de ningún otro que pudiera sacarlos del atasco en que se hallaban. Juan XXIII fue detenido en su huida; se le llevó preso a Constanza y se le declaró depuesto.

Reconociendo que su causa estaba perdida, se sometió a su suerte. De este modo quedaba eliminado uno de los tres papas. Gregorio XII, ya nonagenario, hizo saber a la asamblea que estaba dispuesto a abdicar, si ella por su parte accedía a dejarse convocar formalmente por él. El sínodo se declaró de acuerdo, y Gregorio abdicó. Conservó el título de cardenal de Porto y murió en 1417, un mes antes de la elección de Martín V. Muchos vieron en ello un signo de que él era el papa legítimo.


Quedaba sólo Benedicto XIII. El incansable emperador Segismundo se trasladó a Perpiñán para moverle a deponer voluntariamente su cargo. Pero Benedicto tenía una fe ciega en su derecho y no quiso ceder en nada. Entonces los españoles se apartaron de su obediencia, y como no le quedaban ya más partidarios, el concilio pudo proceder a deponerlo sin peligro.

Los españoles entraron en el concilio, como sexta nación. Los cardenales se reunieron en conclave y el 11 de noviembre de 1417 eligieron como papa a Odón Colonna, que debía su título cardenalicio al pontífice de la sucesión romana Inocencio VII; tomó el nombre de Martín V. Con esto quedaba resuelto el gran cisma de Occidente.


Juan XXIII fue liberado de su prisión por Martín V y recibió el título de cardenal de Frascati, aunque no tardó en morir. Cosme de Médici le hizo erigir un sepulcro en el bautisterio de Florencia, obra de Donatello, en el que se lee la cauta inscripción: «Baltasar Cossa, Juan XXIII, que fue un tiempo papa».

Benedicto XIII se recluyó en el castillo de Peñíscola, en la costa valenciana, y siguió presentándose como papa. Alfonso V de Aragón toleraba sus pretensiones con la secreta idea de, llegado el caso, poder utilizarlo para ejercer presión sobre el pontífice legítimo. El rey cuidó incluso de que, a la muerte de Benedicto en 1423, se le diera un sucesor, en la persona de un canónigo barcelonés que tomó el nombre de Clemente VIII.

 

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