La dieta del Dr. Dukan

 

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El regreso a Roma

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Urbano V murió a poco de su regreso a Aviñón. Después de su partida estallaron en Italia disturbios por todas partes, fomentados sobre todo por la república de Florencia. Los italianos no han acabado de comprender nunca una cosa que para los católicos de otros países es la evidencia misma, a saber, que el papa sigue siendo el jefe supremo de la Iglesia incluso cuando no sirve a los intereses locales de Italia. El nuevo papa Gregorio XI envió a Italia soldados bretones que se hicieron odiosos por su salvajismo. Su caudillo era el cardenal Roberto de Ginebra, el futuro antipapa Clemente VII. En 1376 se lanzó el entredicho contra Florencia.


Vivía entonces en Siena una piadosa virgen, Catalina Benincasa, que además de mística era extraordinariamente prudente, dotada de una rara amplitud de visión. Lo que le importaba no eran las naciones, sino la Iglesia y las almas. No era religiosa profesa, sino sólo terciaria de la orden dominicana. Personalmente y por medio de cartas, se empeñó en reconciliar al papa con la república de Florencia, haciendo así posible el regreso del primero a Roma. Aunque por entonces no había cumplido aún los treinta años, su prestigio era tan grande, que el papa, los florentinos y otros aún escuchaban sus consejos con el mayor respeto y en cierto modo la reconocían como una especie de mediadora diplomática. En el año 1376 emprendió el viaje a Aviñón.


No fueron, naturalmente, sólo las exhortaciones de santa Catalina lo que movió a Gregorio XI a emprender el definitivo regreso a Roma. Pero ya los contemporáneos le atribuyeron el mérito principal. El 13 de septiembre de 1376 Gregorio XI abandonó Aviñón para siempre. En Génova le aguardaba Catalina, que entretanto se había trasladado a Florencia. Los cardenales no cesaban de importunar al papa, aconsejándole que se volviera atrás. Catalina puso en juego toda su influencia y dijo al papa con gran franqueza que tenía que superar su pusilanimidad y poner fin a su indecisión.

El 5 de diciembre desembarcó el pontífice en Corneto, en la costa de los estados de la Iglesia. Desde allí tuvo todavía que entrar en negociaciones con la ciudad de Roma, y hasta el 17 de enero de 1377 no pudo entrar en la Ciudad Eterna.

En cierto modo, el regreso resultaba casi prematuro. Toda Italia estaba todavía en fermentación, y justamente entonces Roberto de Ginebra con sus bretones organizó en Cesena una matanza que volvió a estropearlo todo. Sin embargo, con su prudente conducta el papa consiguió calmar los ánimos y hasta indicar el camino de la reconciliación con Florencia. Antes de que se instaurara la paz, murió en Roma el 27 de marzo de 1378.

 

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