La dieta del Dr. Dukan

 

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La elección de Urbano VI

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Se reunieron en conclave en el Vaticano dieciséis cardenales, cuatro italianos, un español y once franceses. Varios otros miembros del Sacro Colegio se habían quedado en Aviñón. Los romanos no cesaban de manifestarse en la plaza de San Pedro, sonando las campanas y reclamando a gritos un papa romano. A toda prisa, los cardenales eligieron al arzobispo de Bari, Bartolomé Prignano. No era cardenal, pero era italiano de nacimiento, súbdito de los Anjou napolitanos, y había residido mucho tiempo en Aviñón; parecía, pues, indicado para hacer el papel de un papa de transición.

Mientras se iba a buscar al elegido, que estaba en Roma, el pueblo, que nada sabía de la elección, irrumpió en el Vaticano. Los cardenales y sus conclavistas, temiendo por sus vidas, revistieron precipitadamente con las vestiduras papales al anciano cardenal Tibaldeschi, que era romano, lo sentaron en el trono y se dieron a la fuga. El anciano intentó vanamente dar a entender al excitado populacho que el elegido era otro. Al final se calmaron los ánimos de la multitud.

El magistrado de la ciudad presentó al día siguiente excusas a los cardenales y aseguró que todo el mundo estaba informado de que el pontífice designado no era Tibaldeschi, sino Prignano. Así este fue coronado con las ceremonias tradicionales bajo el nombre de Urbano VI. Los cardenales comunicaron a los soberanos el resultado de la elección. Los cardenales residentes en Aviñón enviaron sus cartas de parabién.


Todo hubiera transcurrido llanamente, de no haber dado pruebas Urbano VI, desde el comienzo de su pontificado, de una torpeza y una terquedad tales, que casi hacen dudar de que estuviera en su sano juicio. Trataba del peor modo posible a los cardenales, que ya sin eso echaban de menos la tranquilidad de Aviñón, sin cuidarse en cambio de nombrar otros de los que pudiera fiarse.

A mayor abundamiento, se enemistó en seguida con la reina de Nápoles, Juana I. Los cardenales se arrepintieron de haberlo elegido, y con el pretexto de huir de los rigores de la canícula, desaparecieron de Roma y se congregaron en Anagni, incluso los italianos; el anciano Tibaldeschi había ya fallecido.

Desde Anagni publicaron el 9 de agosto de 1378 un manifiesto, declarando que la elección celebrada cinco meses antes había sido arrancada por la violencia y era, por tanto, nula. La reina de Nápoles y el rey de Francia, Carlos V, les prometieron su apoyo. Bajo la protección del conde Gaetani, con el que Urbano VI se había también peleado, los cardenales se retiraron a Fondi, y en cuanto recibieron las cartas del rey de Francia, procedieron a elegir al cardenal Roberto de Ginebra, con el nombre de Clemente VII. Así empezó el gran Cisma de Occidente, que había de durar treinta y nueve años.

 

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