La dieta del Dr. Dukan

 

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Los Estados Pontificios

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En los últimos tiempos de la edad media se consuma en todos los países de Europa el paso del régimen feudal al estado territorial moderno. En lugar de los señores feudales, más o menos independientes, en cuyas manos estaba el poder efectivo dejando a la corona muy pocas atribuciones, apareció ahora una jerarquía de funcionarios al frente de una administración rigurosamente centralizada. Semejante transformación llegó a su término, en primer lugar, en Francia, seguida luego en el siglo XV por España e Inglaterra.

El resultado fue la aparición de grandes potencias en el sentido moderno. En Alemania el mismo proceso había conducido al resultado inverso: en lugar de los antiguos feudos imperiales surgieron otros tantos principados territoriales, algunos de muy pequeña extensión, pero organizados como estados soberanos al modo que hoy lo entendemos. El rey en Alemania no tenía más poder que el que pudiera recibir de sus propios dominios familiares.

El mismo peligro de disolverse en pequeños estados individuales corría el Estado Pontificio. Haber evitado este peligro constituye, en gran parte, un mérito de Alejandro VI. Por su encargo, César sometió en una sucesión de rapidísimas campañas Imola, Faenza, Urbino, Camerino, Sinigaglia y otras pequeñas ciudades y dominios, expulsó a los dinastas o los redujo a la obediencia y ocupó todas las ciudadelas con sus guarniciones.

Las crueldades de que en estas operaciones se hizo culpable César, son tan inexcusables como los medios que él y su padre usaron para agenciarse los recursos financieros exigidos por las campañas militares. Al viejo y riquísimo cardenal Michiel, sobrino de Paulo II, en vista de que tardaba en morirse más de lo esperado, César lo hizo eliminar para quedarse con su patrimonio, parece que a sabiendas de Alejandro.

Muchos historiadores sostienen que el propósito de César no era en absoluto el de restablecer el Estado de la Iglesia, sino el de crearse para sí mismo un reino en el centro de Italia. Es una opinión difícilmente sostenible. Aunque César era hombre capaz de concebir los más descabellados planes, no podía ocultársele que su padre no viviría eternamente y que el estado que él creara jamás podría ser reconocido por ninguno de sus sucesores.

Nada demuestra, en todo caso, la circunstancia de que Alejandro VI le concediera, en recompensa de sus servicios, el título de duque de la Romana y de Urbino. Pero sea como fuere, el hecho es que tal cosa no se produjo, pues cuando César se encontraba en la cumbre de su poderío, murió Alejandro a la edad de setenta y tres años, de malaria y no por envenenamiento, como seguidamente se afirmó, y asistido con los sacramentos de la Iglesia.

Ya es elocuente, que tratándose de un papa haya que hacer hincapié sobre este último detalle. Mucho tiempo después de su muerte se erigió a Alejandro VI un sepulcro muy modesto en la pequeña iglesia española de Santa María de Montserrat, donde sus restos reposan junto a los de su tío Calixto III.

Alejandro VI y su hijo han suministrado abundante material a la fantasía de toda suerte de literatos. Se ha inventado una «edad de los Borjas», dominada por el puñal, el veneno y el adulterio. En manos de estos autores, Alejandro VI y aún más sus hijos César y Lucrecia, se han convertido en personajes de novelas de misterio y de películas terroríficas. El propio Pastor, a pesar de atenerse rigurosamente a los hechos documentados, no pudo resistir a la tentación de dar un fuerte tinte melodramático a su brillante exposición del pontificado de Alejandro VI, en contraste con la sobriedad que impera en todo el resto de su historia.


Tampoco han faltado apologistas que han intentado reivindicar la memoria de Alejandro VI. Tiempo perdido. Pero no se equivocan menos los adversarios de la fe católica que piensan que con sus elocuentes declamaciones, encendidas de moral indignación, hacen mella en la Iglesia o en el papado como tal. Justamente su indignación es prueba de que su opinión acerca de la Iglesia es mucho más alta de lo que ellos mismos reconocen.

Pues si Alejandro VI, en lugar de papa, hubiera sido un rey o un emperador o el presidente de un estado, no habría inconveniente en contarlo entré los políticos y gobernantes más eminentes de su época, haciendo caso omiso de las mancillas de su vida privada y de su falta de escrúpulos en la elección de sus medios. Pero a un papa se le exige mucho más, y con toda justicia.

 

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