Juicio Sobre Aviñón
Los antiguos historiadores eclesiásticos consideraron unánimemente la residencia de los papas en Aviñón como un período funesto para la Iglesia. Aún hoy reaparecen en los manuales las expresiones en que se expresa este juicio, «exilio», «destierro» «cautiverio de Babilonia», términos usados ya por los contemporáneos. Sin embargo, hace tiempo que se ha impuesto entre los historiadores un juicio más sereno y objetivo.
En primer lugar, las expresiones como «exilio» o «cautiverio» son totalmente engañosas. En Aviñón los papas estaban más seguros y más dignamente alojados que en Roma. Junto al Ródano no había Orsinis ni Colonnas, güelfos ni gibelinos, motines callejeros ni «tribunos del pueblo». Por algo tantos papas del siglo XIII, mejor dicho, ya desde Gregorio VII, habían tenido que buscar refugio fuera de Roma.
Algunos de ellos no habían podido pisar el suelo de la urbe en todo el tiempo de su pontificado. Tampoco puede negarse que justamente Aviñón estaba admirablemente situada para la curia papal. Hacía tiempo que Roma había dejado de representar el centro geográfico de la cristiandad. Desde el fracaso de las cruzadas, perdida toda esperanza de poder abrir brecha en la barrera islámica por el sur y el sureste, el centro de gravedad de la cristiandad había vuelto a desplazarse hacia el noroeste.
La gran potencia hegemónica, incluso en el campo intelectual, era Francia; otros países que ascendían en poder y prestigio eran Inglaterra, Escocia, Flandes, Aragón y Castilla, y todos ellos estaban más cerca de Aviñón que de Roma; Bohemia, otro país en progreso, y el norte de Italia, tan importante económicamente, no quedaban más lejos de una ciudad que de la otra. Casi desde todos los lados se podía llegar a Aviñón sin pasar montañas; no estaba aislada del norte, como Roma, por los Alpes y los Apeninos.
Desde un punto de vista puramente administrativo, el emplazamiento geográfico de Aviñón era francamente más favorable. Sólo que la Iglesia no se limita a ser un aparato administrativo, ni el papa un simple jefe de administración, y ahí es donde tocamos el punto flaco de Aviñón. Lo que faltaba a la ciudad del Ródano era el apóstol san Pedro, los sepulcros de los mártires, la tradición milenaria. El papa es la cabeza de la Iglesia por ser sucesor de san Pedro en su calidad de primer obispo de Roma, y es obispo de Roma porque es cabeza de la Iglesia.
El hecho de que en Aviñón reinaran sucesivamente siete papas franceses, no puede en modo alguno considerarse como un abuso; a menos que se demuestre que los franceses son menos indicados que otros para ocupar la más alta dignidad de la Iglesia. El abuso real no radicaba en las personas de los papas, sino en la circunstancia de que el papado como tal se había convertido en una institución nacional, o al menos así lo parecía. Del mismo modo que el papado no es una institución italiana, ni debe aparecer como tal, tampoco ha de serlo francesa.
Pero si los papas y casi todos los cardenales y curiales eran franceses, si la Santa Sede estaba rodeada de territorio francés, y Francia era entonces la única gran potencia europea, era inevitable que los demás países, y no menos los propios franceses, consideraran al papado como una institución nacional y desde este punto de vista juzgaran todas las acciones de los papas.
En conjunto y todo bien considerado, no hay motivo para decir que los papas aviñonenses hayan gobernado mal la Iglesia. Más bien realzaron considerablemente el prestigio del papado, que había sufrido los más duros golpes cuando la elección de Celestino V y con el atentado de Anagni. Cuando la curia regresó a Roma, estaban sentados los presupuestos para un nuevo período de esplendor. La culpa de que tal esperanza se viera defraudada la tuvo el cisma que seguidamente estalló, aunque no puede desconocerse que la ocasión del cisma fue a su vez, al menos de un modo indirecto, la larga ausencia de Roma.