La hacienda papal
Muy importante fue, en cambio, la labor de Juan XXII en el campo de la administración eclesiástica. Desde un punto de vista puramente exterior, la actividad burocrática en Aviñón fue mucho mayor de lo que nunca había sido en Roma. Entonces adquirió la curia papal aquel carácter de una administración centralizada de gran estilo, que hoy conserva todavía y en medida aún mayor.
A lo que más atención dedicó Juan XXII fue al aspecto financiero. La base económica de la Santa Sede era el censo, o sea, los ingresos fiscales de los territorios papales, de los Estados de la Iglesia, así como el tributo feudal de los príncipes que tenían sus dominios como feudo del papa, entre los cuales figuraba en primer lugar el rey de Nápoles. Entraban también en el censo las tasas de Cancillería, que debían abonarse por la emisión de decretos de toda índole, desde la concesión del palio a los arzobispos hasta los privilegios y dispensas usuales. Todas estas fuentes de ingresos existían ya antes del período de Aviñón.
Tampoco era nueva la práctica de gravar con impuestos los beneficios eclesiásticos; pero los papas de Aviñón y en particular Juan XXII la ampliaron y sistematizaron. Entraban en este capítulo los fructus medii temporis, o sea, los ingresos devengados por un beneficio eclesiástico desde la muerte o renuncia de su titular hasta la entrada en posesión del siguiente; las «annatas», o frutos del primer año: aun después de la concesión de un beneficio, el nuevo titular debía entregar al tesoro pontificio una parte de la renta del primer año; las «expectativas»: el candidato de una prebenda que no estaba aún vacante podía hacerse inscribir por adelantado, satisfaciendo al efecto una especie de anticipo fiscal.
Estas y otras fuentes de ingresos semejantes, que en la época de Aviñón fueron introducidas por primera vez o explotadas con mayor eficacia que antes, poseían también, huelga decirlo, su aspecto discutible. Cuando se trataba de pingües fundaciones exentas de deberes pastorales, como ocurría con muchas canonjías, nada había que objetar a que para obtener una renta vitalicia hubiera que satisfacer una cantidad a la curia; distinto era, empero, el caso cuando se trataba de la provisión de cargos destinados a la cura de almas.
De todos modos, adolecen, por decir lo menos, de superficiales las descripciones que ciertos historiadores se complacen en trazar de las «técnicas financieras» y del tráfico de prebendas que estaban en uso en la curia de Aviñón. Como toda gran administración central, la curia necesitaba una base financiera. Las rentas procedentes de los Estados de la Iglesia eran, por aquel entonces, poco más que cero. Además, ¿por qué un pequeño territorio italiano había de cargar con todo el peso del gobierno de la Iglesia? Las «técnicas financieras» de Aviñón no fueron otra cosa que la imposición de un sistema de tributación sobre las posesiones eclesiásticas de los distintos países. Tales gravámenes no pesaban sobre el pueblo, sino sobre los prelados y demás usufructuarios de las propiedades de la Iglesia, y en cierto modo también sobre los príncipes, indirectamente al menos.
En los libros de historia corren muchas exageraciones acerca de las sumas así recaudadas. Sin cesar se repite, o con asombro o con indignación, la cifra de veinticinco millones de escudos de oro que, según el cronista florentino Villani, dejó al morir Juan XXII. Hoy sabemos que el tesoro papal, a la muerte de este pontífice, contaba sólo con tres cuartos de millón. Pero lo que más ha influido sobre el juicio de la posteridad, ha sido el testimonio de Petrarca, quien pintó con los más negros colores la codicia y sed de dinero de la curia aviñonesa. Sólo que Petrarca estuvo durante toda su vida a la caza de prebendas, sin que alcanzaran a satisfacerle las muchas que en Aviñón se le concedieron; de ahí su resentimiento.
La verdad es que semejantes cazadores de prebendas, que pululaban en Aviñón y más tarde en Roma, y no desaparecieron hasta después del concilio de Trento, constituyen uno de los más desagradables fenómenos de
la administración curialesca. Eran clérigos que a veces se pasaban años enteros en la curia, sin hacer otra cosa que aguardar a que quedara vacante algún beneficio. Lo cual indica, por otra parte, que la opresión financiera por parte de la curia no debía ser tan grave como la pintan, puesto que, a despecho de gabelas, impuestos y tasas, seguía mereciendo la pena el aspirar a un beneficio.