La serie de papas romanos
El desdichado Urbano VI, en lugar de ocuparse de allanar el cisma, empeñaba todas sus fuerzas, con una especie de monomanía, en luchar contra Nápoles. Excomulgó a la reina Juana, predicó una cruzada contra ella, llamó a las armas al primo de la reina, Carlos de Durazzo, y cuando éste hubo conquistado Nápoles, rompió también con él y lo excomulgó. Sus propios cardenales se le rebelaron y Urbano hizo ejecutar a algunos.
Murió en Roma en 1389, y pocos fueron los que le lloraron. Su sucesor Bonifacio IX, (1389-1404) hizo la paz con el rey de Nápoles Ladislao, hijo de Carlos de Durazzo, y fue así reconocido en toda Italia. Pero Ladislao presentó a su vez reivindicaciones contra el rey Segismundo de Hungría, y éste se pasó al antipapa. Después del breve pontificado de Inocencio VII (1404-1406) fue elegido el veneciano Gregorio XII (1406-1415).
En Aviñón, a Clemente VII siguió el español Pedro de Luna, con el nombre de Benedicto III (1394-1423).
Entretanto, por todas partes se formulaban planes para resolver el cisma, y en ello destacaba especialmente la universidad de París. Una de las posibilidades hubiera sido que uno de los papas, y aun ambos, abdicara voluntariamente. Otra era que ambos papas eligieran un árbitro y prometieran someterse a su sentencia.
Pero la idea que mayor número de partidarios encontraba, era la de convocar un concilio general, que depusiera a uno de los papas o a los dos, aunque fuera mal de su grado.
En 1407 Benedicto XIII y Gregorio XII sostuvieron negociaciones en Marsella, a través de legados, con objeto de preparar una entrevista personal. Pero el proyecto fracasó, y este fracaso perjudicó mucho el prestigio moral de los dos papas, pues la gente empezó a dudar de su buena voluntad. Finalmente, los dos colegios cardenalicios y la mayoría de soberanos les retiraron la obediencia a ambos y convocaron una asamblea general en Pisa por el año 1409.