La dieta del Dr. Dukan

 

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El nuevo tipo humano

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Los movimientos espirituales y artísticos que conocemos con los nombres de humanismo y Renacimiento, no son los creadores del nuevo tipo de hombre que ahora sale en escena. Las cosas procedieron más bien a la inversa: la nueva humanidad que ahora despertaba, se sentía atraída por la antigüedad clásica, gustaba de ocuparse de ella, y de revestirse de un atuendo antiguo, pero, en realidad, el hombre renacentista, en todos los países, incluso en Italia, era lo más distinto que quepa imaginar de los antiguos griegos y romanos. La principal característica de los nuevos humanistas era un orgullo desmedido: vanidad, soberbia, sensación de poderío, un culto a la personalidad potenciado hasta el titanismo.

La consigna general era romper las cadenas: y como cadenas se consideraban las leyes de la Iglesia y del Estado, los ordenamientos tradicionales: todo vínculo de comunidad era sentido como una injustificada limitación del individuo. Los nuevos ideales no surgieron como consecuencia del estudio histórico de la antigüedad: en realidad, aquellos hombres carecían de un auténtico sentido de la historia. Lo que les empujaba era un espíritu de oposición, de protesta.

Los hechos de los hombres del Renacimiento eran bastante menos «humanísticos» de lo que pudiera hacer presumir su entusiasmo por Platón y los estoicos, por Cicerón y la antigua virtus romana. Convencidos de ser héroes y superhombres, a menudo adolecían de una acusada debilidad de carácter: frívolos y pródigos, pérfidos, disimulados y crueles, licenciosos hasta la demencia, y todo eso sin el menor pudor ni la menor contención. Se jactaban de sus propios vicios, traicionando en ello lo que su actitud tenía de protesta negativa. Mas lo que ante todo distinguía a los humanistas, era su desatentada vanidad. No se cansaban de arrojarse incienso el uno al otro, prometiéndose mutuamente una gloria inmortal. Quizás en ninguna otra época ha habido tantos poetas y literatos, tantos príncipes y estadistas que se irrogaran el título de «inmortales» sin haber hecho nada digno de pasar a la posteridad.

Sólo en un campo creó esta época singular obras que son realmente inmortales: en el campo de las artes plásticas. Es casi el único aspecto en que el historiador puede entregarse a la contemplación, sin que apenas nada venga a enturbiar su gozo.


Podría compararse la humanidad de aquel tiempo con la condición en que se encuentra un joven en el momento de la pubertad: de un golpe descubre la realidad de la vida, se hace consciente de sus propias fuerzas, se rebela contra su propia infancia, contra el orden y sus educadores; la obediencia le parece coacción e injusticia; aspira a lo grande, tanto en el bien como en el mal, y oscila a ciegas entre un nebuloso idealismo y una flagrante brutalidad. No es cierto lo que tantas veces se ha dicho, que se enfrentaran entonces dos renacimientos, uno cristiano y otro pagano, una corriente saludable y otra perversa, sino que todas las actitudes coexistían en los mismos hombres, a veces curiosamente confundidas y sin la menor armonía entre ellas.


En esta general fermentación de los espíritus, la misión de la Iglesia era la de un educador frente al adolescente que va entrando en la madurez: llevarlo de la mano desde los ordenamientos tradicionales o impuestos desde fuera hacia el nuevo orden de cosas a que él aspira. Poco conseguirá el educador que todo lo fíe a la violencia o al rigor: en modo alguno debe eliminar el impreciso idealismo de su pupilo, antes bien, tiene que proponerle fines elevados y dignos. Ahí radica la gran dificultad de toda educación; pero en este caso la tarea era particularmente espinosa, pues, después de todo, la Iglesia no es un pedagogo que opere sobre la humanidad desde el exterior. Los propios representantes de la Iglesia estaban más o menos sumidos en la fermentación de los tiempos, y se encontraban también ellos en la misma fase de pubertad.


Sin embargo, la Iglesia superó la crisis, acaso la más grave de su historia. Es más: salió de ella incomparablemente más pura, más brillante y espiritualizada de lo que era al principio, sólo que lamentando la pérdida de una gran parte de sus miembros. Hasta entonces, durante toda la Edad Media, la Iglesia había cobijado bajo sus alas a la humanidad europea entera, con todo lo que tenía de bueno y de malo. Una vez vencida la crisis, aparece como un bien disciplinado ejército que hace frente a una tropa distinta y enemiga.

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