La dieta del Dr. Dukan

 

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Adriano VI (1522-1523)

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León X murió inesperadamente. A su muerte pudo verse cuán completo había sido su dominio de la política. Heredó su prestigio su primo, el cardenal Julio de Médicis, que había sido su principal colaborador como vicecanciller y secretario de estado. Julio de Médicis estaba, políticamente, al lado de la entonces ascendente monarquía de Carlos V.

Pero en el colegio cardenalicio existía también un numeroso partido antimediceo, como reacción contra el autocrático gobierno de León X. La oposición no cejó hasta que los Médicis propusieron, en su ausencia, al cardenal Adriano de Utrecht, obispo de Tortosa, en pro de cuya candidatura el famoso Cayetano empeñó toda su influencia.

En su fuero interno, ni los cardenales ni los romanos estaban satisfechos con esta elección. Adriano era holandés, o sea, un bárbaro, a juicio de los romanos. Había sido preceptor de Carlos V, y más tarde había tenido en sus manos el gobierno de España, primero junto con el cardenal Cisneros y, muerto éste, como único regente en nombre de su soberano. Hasta tal punto parecía una criatura del emperador, que muchos opinaban que tanto hubiera valido hacer papa a éste.

Cuando a los ocho meses de elegido se presentó en Roma, donde nadie le conocía, el desencanto fue aún mayor. Adriano era un sacerdote modelo, piadoso, ascético, instruido, pero a los ojos de la Roma medicea demasiado severo, seco, pedante, prosaico. Era más un profesor que un estadista, más un monje que un príncipe de la Iglesia.

Demasiado anciano para adaptarse al nuevo ambiente, no podía tampoco desprenderse de la gente que hasta entonces le había rodeado. Los holandeses que trajo consigo, Enkevoirt, Ingenwinkel, Dirk van Heeze, todos ellos hombres muy dignos, excitaban la hilaridad de los romanos, ya sólo por sus nombres. Es posible que al fin hubiera conseguido imponerse, pero murió al cabo de un año.

En su sepulcro en la iglesia alemana de Santa María dell'Anima se lee la siguiente inscripción: «¡Ay dolor! ¡Que los méritos de un hombre, aun del mejor, dependan tanto del tiempo en que le tocó vivir!». Desde entonces nadie ha querido repetir el experimento de elegir a un papa no italiano (hasta la elección de Juan Pablo II). De todos modos, el simple hecho de la elección de Adriano demuestra que ni en aquella desdichada época el espíritu eclesial estaba muerto en la curia romana.

 

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