La dieta del Dr. Dukan

 

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Clemente VII (1523-1534)

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El nuevo conclave duró cincuenta días. Puede decirse que sólo había dos candidatos: el cardenal Julio de Médicis, en favor del cual hablaba su inmenso prestigio político, y el cardenal Alejandro Farnesio, reputado por sus extraordinarias dotes. Finalmente venció el Médicis, y no para bien de la Iglesia.

Clemente VII era muy distinto de su primo León X. Era un trabajador infatigable, parco, serio, no con la seriedad profesional de su predecesor holandés, sino con la tranquila dignidad de un gran señor, nacido en una familia principesca. León X era de una fealdad poco común, pero amable, encantador, sociable; Clemente VII era un hombre apuesto, pero frío y distante. Sólo en una cosa superaba a su primo: si León X había sido, en política, taimado, precavido y avisado, Clemente era superastuto y receloso. Esto había de ser su desgracia.

Coincidió con el principio de su pontificado la famosa batalla de Pavía, en la que Carlos V derrotó y apresó al rey Francisco I de Francia. Francisco I no tenía la menor intención de cumplir las duras condiciones con que tuvo que comprar su libertad, e inmediatamente de obtenerla concluyó contra Carlos V la Liga de Cognac con Venecia, Milán y Florencia. Clemente VII, que hasta entonces había estado en buenas relaciones con el emperador, consideró llegado el momento de sacudirse la opresión de éste, que poco a poco se le hacía intolerable, y se adhirió a la Liga. Carlos V no vaciló un momento en recoger el guante.

Cuando las cosas se pusieron serias, todo el mundo se retiró de la Liga, hasta Francisco I, y el papa tuvo que enfrentarse solo con el irritado emperador. Carlos V, que quería portarse siempre como un fiel hijo de la Iglesia, consultó a sus teólogos y canonistas si podía volver sus armas contra el pontífice. La mayoría contestó afirmativamente, ya que el papa era en cierto modo el agresor. Y entonces ocurrió lo que desde el tiempo de los Hohenstaufen los papas habían siempre temido y querido evitar a cualquier precio: Carlos atacó simultáneamente desde su reino de Nápoles y desde el norte.

El ejército del norte estaba formado por españoles, italianos y lansquenetes alemanes, estos últimos protestantes en su mayoría, bajo el mando de Frundsberg. Eran veintidós mil hombres, un gran ejército para aquel tiempo, y Carlos V, que siempre andaba corto de dinero, dejó que la soldadesca se arreglara por su cuenta, por lo que no tardó en amotinarse y en saquear cuanto encontraba a su paso. Las indisciplinadas huestes pasaron de largo ante Florencia, que se libró del saqueo pagando un rescate, y asaltaron a Roma el 6 de mayo de 1527. El papa, que había dejado pasar todas las oportunidades, la de someterse, la de resistir y la de escapar, se refugió en el castillo de Santángelo y fue sitiado allí mientras la soldadesca se entregaba a los más horrorosos excesos en la ciudad.

Tal fue el célebre «Saco de Roma», que renovaba el recuerdo de los tiempos de Alarico y Genserico, y que puso un trágico término a la suntuosa y frívola Roma del Renacimiento. La impresión causada en Europa fue tremenda. Carlos V, que era el responsable, tuvo que oir amargos reproches de sus propios súbditos españoles. El franciscano cardenal Quiñones, que tenía un gran ascendiente sobre el monarca, le dijo en la cara que ya no debía nombrarse emperador, sino general de Lutero.

Después de siete meses de sitio, Clemente VII compró su libertad cuando los imperiales se disponían a volar con minas el castillo de Santángelo, y escapó disfrazado a Orvieto. Hasta al cabo de un año no pudo regresar a la casi desierta Roma. Las tropas imperiales, diezmadas por la peste y el hambre, se retiraron finalmente a Nápoles, cuando en Roma no quedaba ya nada por saquear.

La paz entre el papa y el emperador se firmó en Barcelona en 1529. Los dos jefes de la cristiandad se entrevistaron en Bolonia, donde Clemente coronó emperador a Carlos V. La dependencia en que la Santa Sede vino a encontrarse con respecto al imperio español, que entretanto se había convertido en una potencia mundial, era mayor que nunca: vanas habían sido las sutilezas de la política papal, vanos todos los sacrificios.

Sin embargo, la desgracia real no consistía en eso, sino en que las cabezas de la cristiandad hubieran entrado en conflicto en el preciso momento en que la apostasía del norte empezaba a cobrar proporciones amenazadoras. Clemente VII no fue un mal papa: no deshonró la silla de San Pedro como algunos de sus antecesores inmediatos. Sembró incluso en Italia muchos gérmenes que más tarde habían de florecer en una auténtica vida eclesiástica, más quizá de lo que generalmente se dice. Pero fue un papa débil, que no supo sobreponerse a las nimiedades de la política cotidiana para enfrentarse enérgicamente, en la hora más crítica de la Iglesia, con la gran misión que la Providencia señalaba al papado.

 

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