Eugenio IV (1431-1447)
Fue su sucesor el veneciano Eugenio IV, ermitaño de san Agustín y sobrino de Gregorio XII: un severo asceta. Su pontificado empezó bajo los más negros augurios. El primero fue la aplastante derrota que el ejército cruzado que luchaba en Bohemia contra los husitas, sufrió en Taus el año 1431.
El segundo fue un grave conflicto con la familia de su predecesor, los poderosos Colonna; y el tercero la fatal resolución de disolver el recién inaugurado sínodo de Basilea. La desconfianza del papa estaba plenamente justificada, pero al proceder de este modo empujó al concilio hacia el cisma que él quería precisamente evitar. Varios fueron los prudentes consejos que dio el fiel Cesarini, nombrado aún por Martín V para presidir la asamblea.
De hecho, los padres no se sometieron al decreto papal, sino que ratificaron la declaración de Constanza, que el concilio estaba por encima del papa. Cuando éste comprendió lo peligrosa que se le estaba volviendo la situación en Italia, por la hostilidad de los Colonna, del duque de Milán Felipe Visconti y de Fortebraccio, revocó la bula de disolución, aunque sin reconocer por ello los acuerdos ya adoptados.
El duque de Milán suscitó en Roma una revolución contra el papa, a raíz de la cual se proclamó una vez más la república. El papa huyó en una lancha por el Tíber, perseguido a pedradas. Se dirigió a Florencia y se alojó en el convento de dominicos de Santa María Novella. Ante la impotencia política del papa, los congregados en Basilea cobraron audacia y emanaron radicales decretos reformatorios para el papa, mientras suprimían todas las tasas y demás ingresos para la curia. Se habían precipitado, sin embargo: el papa no estaba tan fuera de combate como ellos creían.
El cardenal Vitelleschi, hombre capaz aunque sin escrúpulos, restableció el orden en Roma y en los estados Pontificios. El prestigio del papa volvió a subir al presentársele una embajada del emperador bizantino para solicitar la iniciación de negociaciones con vistas a restablecer la unión.
Como Basilea estaba demasiado alejada para los griegos, Eugenio IV dispuso que el concilio prosiguiera sus sesiones en Ferrara. Esto fue un duro golpe para los basilenses. Los partidarios del papa, como Cesarini, Nicolás de Cusa y otros, se trasladaron a Ferrara. Los demás permanecieron en Basilea, para privar al papa de una victoria moral, aunque no podían esperar que se les siguiera considerando como un sínodo legítimo.