Inocencio VIII (1484-1492)
El funesto espíritu que prevalecía en el colegio cardenalicio se manifestó ya en el conclave. Rodrigo Borja, sobrino de Calixto III, creía que había sonado su hora y prometió toda clase de mercedes a los que le votaran. Ganó a su partido a Ascanio Sforza, Rafael Riario, Juan de Nápoles y otros, pero Juliano della Róvere, enemigo mortal de Borja, consiguió frustrar sus esfuerzos. Para esta vez Juliano no aspiraba aún a la tiara: no tenía más que cuarenta y un años. Pero quería un papa que dependiera de él, y a este fin acudió también al soborno. Triunfó su candidato: Juan Bautista Cibó, que adoptó el nombre de Inocencio VIII.
Inocencio, genovés, era un hombre bondadoso, pero extremadamente débil. Antes de entrar en el estado eclesiástico había tenido dos hijos naturales: Teodorina y Franceschetto. A este Franceschetto le casó el papa con Magdalena, la hija de Lorenzo el Magnífico. El matrimonio había sido calculado como una jugada política, pues significaba la reconciliación con Florencia y los Médicis, que habían sido los enemigos jurados de Sixto IV. Pero el escándalo fue mayúsculo.
El noble cardenal Egidio de Viterbo escribió más tarde las amargas palabras siguientes: «Inocencio VIII ha sido el primer papa que ha hecho ostentación de sus hijos, que ha celebrado públicamente sus bodas; ¡si al menos este inaudito proceder no hubiera tenido imitadores!» Las bodas se celebraron en el Vaticano. Pero el Magnífico aspiraba a recibir algo más a cambio de su hija, y no descansó hasta que hubo obtenido del abúlico papa la púrpura cardenalicia para su hijo Juan de Médicis, que entonces contaba trece años. Éste había de ser el futuro León X.
Tampoco Inocencio VIII consiguió mantenerse al margen de las turbulencias de la política italiana. Se vio complicado en la terrible guerra llamada de los barones, una revolución de los grandes napolitanos contra Ferrante. El papa se puso al lado de los barones, cuya causa abonaban razones muy plausibles, y excomulgó a Ferrante, pero ello significó romper no sólo con Milán y Florencia, sino con Fernando el Católico de España y Matías Corvino de Hungría.
En el año 1485 el hijo de Ferrante, Alfonso de Calabria, puso sitio a la ciudad de Roma. Uno de los reproches que los historiadores alemanes hacen a menudo a Inocencio VIII, es la bula que publicó en 1484 sobre las brujas. La bula está dirigida a los inquisidores de la diócesis de Constanza y declara que la brujería y la hechicería constituyen materias en las que es competente el tribunal de la Inquisición. Los dos inquisidores de Constanza, Enrique Institoris y Jacobo Sprenger se apoyaron en la bula para publicar la desdichada obra Martillo de brujas, impresa primeramente en 1487 y reeditada después muchas veces. Así cobró aún mayor empuje en Alemania aquella persecución de la brujería, de tan siniestra memoria.
Es, empero, injusto echar la culpa a Inocencio VIII, quien no podía prever las funestas consecuencias de su bula. En Roma y en Italia los procesos por brujería fueron muy raros, tanto en aquel tiempo como en los sucesivos. No fue su bula contra la hechicería lo que coloca a Inocencio VIII entre los papas que han deshonrado la silla de san Pedro, sino las flaquezas de su carácter y los escándalos que dio.
La culpa principal incumbe al cardenal Juliano della Róvere, que por razones puramente personales elevó a papa a un hombre tan mediocre, al que pudo manejar a su antojo durante todo su pontificado. La memoria de Inocencio VIII ha sido también perpetuada por un magnífico monumento de bronce en la basílica de San Pedro, que es la admiración de todos los peregrinos que visitan Roma.