La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

León X (1513-1521)

linea

León X fue el feliz heredero de su poderoso antecesor. Gozó, no sólo de su herencia, sino incluso de parte de la gloria que le correspondía: en el renacimiento romano sería más justo hablar de una edad juliana que de una edad medicea.

Juan de Médicis había sido siempre un niño mimado de la fortuna. Hijo de Lorenzo el Magnífico, había gozado de la mejor instrucción que podía darle su siglo. Uno de sus maestros había sido el famoso platónico Marsilio Ficino. Fue nombrado cardenal a los trece años, al tiempo que su hermana se casaba con el hijo del débil Inocencio VIII. Verdad es que los Médicis fueron expulsados de Florencia por Carlos VIII y Savonarola, pero Juan, jefe de la familia desde la muerte de su hermano Pedro, no renunciaba a la esperanza de un pronto regreso.

Hecho prisionero en la batalla de Ravena, a la que asistió como legado papal, consiguió escapar pronto y un año más tarde restableció su dominio sobre Florencia por medio de un sencillo y afortunado golpe de estado.

También un año más tarde fue elegido papa, a la edad de treinta y ocho años. Los humanistas, poetas y artistas saludaron con entusiasmo el advenimiento del hijo de Lorenzo el Magnífico. Se hizo famoso un epigrama que decía que, después del dominio de Venus (Alejandro VI) y Marte (Julio II), venía ahora finalmente el reinado de Minerva. A ninguno de aquellos singulares cristianos se le ocurría pensar que lo que el papa personifica es precisamente el reinado de Cristo.

Sin embargo, León X no tenía la grandeza de espíritu de su antecesor. Era un hombre bondadoso, alegre y simpático. Contento de haber llegado a papa, quería que todo el mundo lo estuviera también. Concedía mercedes a manos llenas, a ricos y a pobres. Amaba las artes, pero más que las monumentales, la música, la poesía y el teatro. Se divertía incluso con las bromas de los bufones de su corte. Su vida privada no está afeada con máculas morales, ni siquiera en su juventud.

Cumplía piadosa y devotamente los servicios divinos correspondientes a su alto ministerio. Pero en su corte se llevaba una vida completamente profana. En otoño organizaba suntuosas cacerías, generalmente en la región situada entre Roma y Civitavecchia, cuyos campesinos sacaban de ellas más provecho que de la mejor cosecha. Pero esta principesca munificencia degeneró en prodigalidad.

Decíase en son de burla que León X había arruinado a tres pontificados: había dilapidado, en efecto, el tesoro dejado por sus ahorrativos antecesores, las rentas de su propio reinado y además las de su sucesor, que se vería obligado a pagar sus deudas.

Lo que más entristece al considerar la pompa mundana de León X, es pensar que bajo su régimen empezó la gran apostasía del norte de Europa. Mientras Lutero fijaba sus tesis en Wittenberg, en el Vaticano se representaban comedias. Bajo Julio II la situación se había hecho muy grave, pero aún no desesperada; ahora era de veras desesperada, pero nadie la tomaba en serio. Se marchaba de cabeza al abismo entre risas y danzas.

Políticamente, León X fue, en conjunto, afortunado. Educado, como auténtico Médicis, en todas las artes diplomáticas de la época, cambió continuamente de posición, conspirando ora con los franceses contra el emperador, ora con el emperador contra los franceses, ora con ambos a la vez, pero siempre fue dueño de la situación. Como además del Estado Pontificio gobernaba a Florencia, hizo del papado una gran potencia política.

Volver al índice