Martín V (1417-1431)
Después de las turbulencias del cisma y del concilio de Constanza, la principal tarea que se ofrecía al nuevo papa consistía, por decirlo así, en pacificar a la Iglesia y devolverla a una vida normal; tratábase, además, de volver a hacer de Roma, después de unos siglos de olvido e incuria, el auténtico centro de la cristiandad. Martín V, nacido de una gran familia romana, grave y sereno de carácter, era el hombre indicado para llevar a término ambas tareas.
Estando todavía en Constanza, empezó defraudando las esperanzas de los más apasionados conciliaristas al no querer aceptar sin más ni más los numerosos decretos de reforma aprobados por el sínodo. Para muchos, reforma significaba, esencialmente, que no afluyera más dinero a la Santa Sede. Pero en lugar de dejarse dictar su conducta por la exaltada asamblea, Martín V procedió a concertar concordatos separados con las distintas naciones.
En Italia reconoció a la reina Juana II (1414-1435), que había sucedido a su hermano Ladislao en el trono de Nápoles y hasta entonces había sido una enemiga de la Sede romana. Los Estados de la Iglesia estaban en manos de Braccio de Montone, llamado Fortebraccio, uno de tantos condottieri que en aquel tiempo pululaban. Martín V lo tomó a su servicio y le encargó que sometiera a Bolonia. El Estado pontificio consistía aún, al estilo medieval, en un conglomerado de dominios feudales, comunas y provincias más o menos autónomas y unidas por un embrollado sistema de relaciones jurídicas.
Martín V volvió a imponer, en lo posible, el orden que en su tiempo había implantado el cardenal Gil de Albornoz. Mucho faltaba para que pudiera llamarse un estado en el sentido moderno, pero al menos el papa pudo considerarse desde entonces como un auténtico soberano. Ello benefició también a la ciudad de Roma, a la que Martín regresó en 1420, encontrándola en un estado de indecible decadencia. Tuvieron que pasar aún cien años antes de que Roma volviera a tener cincuenta mil habitantes. Por primera vez después de mucho tiempo, el jubileo de 1425 atrajo hacia Roma una gran multitud de peregrinos.
Martín V nombró pocos cardenales, pero buenos. Domingo Capranica, Cesarini, Ardicino della Porta, Nicolás Albergati, y junto a éstos a algunos no italianos. En el año 1429 entabló negociaciones con Alfonso V de Aragón para terminar con los últimos restos del cisma. El papa de Peñíscola, Clemente VIII, dimitió y sus «cardenales», para salvar la faz, eligieron a Martín V. El canonista valenciano Alfonso Borja, que en esta ocasión prestó muy buenos servicios, fue nombrado por Martín obispo de Valencia. Más tarde había de subir al solio pontificio con el nombre de Calixto III.
El concilio de Constanza había decidido que cinco años después, y luego cada diez años, volvería a celebrarse un concilio ecuménico. Martín V, con muy buen juicio, nada quería saber de un semejante parlamento permanente de la Iglesia. Pero como entonces la cristiandad todo lo esperaba de los sínodos generales, en el último año de su pontificado se
decidió a convocar un concilio en Basilea, designando para presidirlo al cardenal Cesarini. El papa murió antes de que el Concilio pudiera reunirse.