La dieta del Dr. Dukan

 

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Pío II (1458-1464)

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A la muerte de Calixto III la cátedra de san Pedro volvió a estar ocupada por un hombre de relevante valía: Eneas Silvio Piccolomini, que adoptó el nombre de Pío II. Este pontífice arrastraba tras de sí un pasado muy movido. Había tomado parte en el sínodo de Basilea, pasó luego al servicio del antipapa Félix V, y finalmente actuó como secretario del emperador Federico III.

En esta última calidad contrajo grandes méritos en la negociación del concordato de Viena. Por lo demás, en aquel tiempo su fama de humanista estaba ya difundida por toda Europa. Eugenio IV le eximió de todas las censuras que como cismático se había atraído, y le nombró obispo de Trieste y luego de Siena.


Pío II era un humanista y un romántico cuya curiosidad intelectual abarcaba los campos más diversos. Ni siendo papa cesó en sus actividades literarias, escribiendo en su elegantísimo latín sobre asuntos tan ajenos a su ministerio como la geografía de Asia. Amaba la naturaleza y a veces celebraba sus consistorios al aire libre, a la sombra de los árboles. La Edad Media era ya cosa del pasado. Como sus frívolos escritos juveniles habían provocado considerable escándalo, publicó una bula en la que se leían las famosas palabras: Aeneam reicite Pium recipite; «Olvidad a Eneas y escuchad a Pío».


En política obtuvo algunos éxitos. Convenció al rey de Francia Luis XI a que abrogara la Pragmática Sanción de Bourges, de índole poco menos que cismática. Del rey de Bohemia Jorge Podiebrad, cuyas simpatías se inclinaban claramente hacia los husitas, obtuvo cuando menos que le enviara una embajada para prestarle obediencia. Sometió al peligroso tirano de Rímini, Segismundo Malatesta.

Fracasó, en cambio, en lo que era su idea favorita, poner en pie de guerra una coalición europea contra los turcos. A pesar de su derrota en Belgrado, los turcos habían ocupado Servia, Bosnia y Epiro. El heroísmo desplegado por los húngaros y por el príncipe albanés Skanderbeg no bastó a detenerlos. Fueron también cayendo en su poder los restos del imperio bizantino, Trebisonda, Morea, las islas del Egeo. Pío II convocó a todos los soberanos cristianos a un congreso en Mantua, al que él asistió personalmente, pero no obtuvo más que promesas. Lo que faltaba al papa sobre todo eran recursos económicos.

Esta penuria se alivió hasta cierto punto gracias al hallazgo, hecho en 1462 en Civitavecchia, dentro del territorio pontificio, de ricos yacimientos de alumbre. Este mineral, muy usado entonces como colorante, venía todo de Oriente, y se calcula en 300.000 ducados el valor de la importación que de él anualmente se hacía.

Pío II destinó a la guerra contra los turcos el beneficio entero que se obtenía de las minas de alumbre. Ante el poco entusiasmo de los príncipes, determinó organizar él mismo una cruzada, esperando que con su ejemplo conseguiría arrastrar a los demás. En esto sí que el papa humanista pensaba como un hombre de la Edad Media. Todo el mundo intentaba disuadirle de su propósito, incluso los príncipes.

Pero de nada valieron las reconvenciones : aquejado ya de la enfermedad que había de llevarle a la muerte, salió de Roma con un abigarrado ejército y acompañado a regañadientes por sus prelados. Moribundo casi, llegó a Ancona, donde debía reunirse la flota encargada a los venecianos.

Nadie puede decir lo que hubiera sido de esta descabellada expedición contra los turcos: lo más probable es que terminara en un grave descalabro. Pero no se llegó a eso. Al presentarse los navíos venecianos, que habían demorado su llegada cuanto les fue posible, todo lo que el papa pudo hacer fue hacerse llevar a la ventana para verlos entrar en el puerto. Era el 12 de agosto de 1461; al día siguiente moría el papa, y el ejército quedó disuelto en un momento.

El pontífice siguiente, el veneciano Paulo II, sobrino de Eugenio IV, ha perpetuado su nombre en Roma por la construcción del magnífico palacio que aún hoy es conocido con el nombre de Palazzo Venezia. Era un hombre muy estimable, pero comparado con sus cinco antecesores posteriores al concilio de Constanza, no pasaba de una digna medianía. Durante su pontificado pudo ya advertirse una cierta mundanización de la corte papal, que había de agravarse en sus sucesores hasta conducir al papado y a la Iglesia entera al borde de la perdición.

 

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