Sixto IV (1471-1484)
El papa Sixto IV procedía de Liguria. Era franciscano, y antes de obtener la púrpura cardenalicia había llegado a ministro general de su orden. Siendo personalmente un sacerdote piadoso e intachable, como papa reveló poseer, junto a importantes dotes de gobernante, inquietantes debilidades de carácter.
Nacido en un medio muy modesto, Sixto era un hombre de gran cultura y un magnánimo protector del arte y de la ciencia. Durante su pontificado los humanistas recuperaron en la corte papal la influencia que habían perdido bajo Paulo II. Construyó el grandioso hospital del Santo Spirito, aún hoy existente, la iglesia de Santa María del Popolo, famosa por sus maravillosos sepulcros en el más puro estilo cuatrocentista, Santa María della Pace y, en el palacio del Vaticano, la capilla Sixtina. Llamó a Roma y dio encargos a los más famosos pintores de su tiempo: Ghirlandaio, Botticelli, Perugino, Pinturicchio, Melozzo da Forlí. En el arte del Renacimiento puede hablarse con toda propiedad de una edad de Sixto IV.
Este pontífice se ganó un nombre en la historia de la teología por sus constituciones dogmáticas acerca de la inmaculada Concepción. Devoto como era de la Virgen María, consagró a este misterio de la fe la Capilla Sixtina por él construida.
Sixto IV era una de esas personalidades principescas, que en nada se complacen tanto como en dar, en gastar y en conceder gracias; y como era incapaz de guardar la medida, acabó concediendo todo lo que se le pedía. A su propia orden, la de los franciscanos conventuales, la hizo objeto de tan exagerados privilegios, que ya los contemporáneos la designaban con el burlesco nombre de Mare Magnum.
Concedía también indulgencias a troche y moche; y como, según la práctica del tiempo, las indulgencias iban unidas con limosnas, era inevitable que esta generosidad del papa apareciera a los ojos de muchos como un simple negocio, sobre todo cuando los recursos así agenciados no eran utilizados sólo para fines puramente eclesiásticos, tal como hubiera debido ser.
En esta cuestión, tanto los papas como la curia romana procedían con una irresponsabilidad creciente. También a los príncipes les otorgaba cuanto se les antojaba pedir, especialmente importantes privilegios en la designación de obispos, lo cual resultaba tanto más inquietante por la tendencia que en muchos gobiernos se advertía de ir hacia la constitución de Iglesias estatales. En España permitió que la Inquisición se convirtiera en un instrumento del gobierno, y los papas posteriores tuvieron que sufrir grandes contrariedades en su empeño de hacer valer su autoridad sobre una institución como ésta, de índole esencialmente eclesiástica.
Otro aspecto obscuro del pontificado de Sixto IV fue el dejarse implicar en el inextricable embrollo que constituía la política de los pequeños estados italianos. Las principales piezas en este tablero político eran, además de los partidos romanos de los Colonna y los Orsini, el rey Ferrante de Nápoles, los Sforza de Milán, Lorenzo el Magnífico en Florencia, y la república de Venecia. Los motivos de discusión cambiaban continuamente: Siena, Urbino, Ferrara, y con ellos cambiaban también las alianzas.
Por lo general, Sixto estaba al lado de Ferrante de Nápoles contra los Médicis. Pero también se peleó con Ferrante, y hasta llegó a obtener una victoria sobre él, la de Campo Morto en las marismas Pontinas, uno de los pocos éxitos obtenidos por las tropas papales en el campo de batalla. Las guerras de aquel tiempo, conducidas por jefes mercenarios, los condottieri, que a cada momento mudaban de partido, no eran muy sangrientas, pero nada ganaba el prestigio del papa al mezclarse en tales conflictos. Los pueblos se olvidaron de que el papa era el padre común de la cristiandad, para no ver en él mas que a uno de tantos príncipes italianos, y no de los más poderosos.
En el año 1478 la rica familia florentina de los Pazzi intentó dar un golpe de estado para poner fin a la hegemonía de los Médicis. La intentona fracasó, pero corrió mucha sangre: Juliano de Médicis, hermano de Lorenzo, perdió la vida, y los Médicis se vengaron con gran crueldad. Por desgracia, el papa estaba complicado en el asunto. Uno de los conjurados era su sobrino, Jerónimo Riario, el cual le había prometido que no se
atentaría contra la vida de nadie. Sixto se dejó engañar y, bajo esta condición, aprobó la intentona.
Los parientes del papa tuvieron gran parte de la culpa de que éste se viera tan implicado en el turbio juego de las intrigas políticas; pero sólo a Sixto se le puede hacer responsable de que sus parientes ocuparan puestos de tal influencia. Era ya inaudito el hecho de que en los trece años de su pontificado elevara a la dignidad cardenalicia a seis sobrinos suyos. Mas era aún peor que apenas ninguno de ellos mereciera la púrpura. El mejor dotado de todos ellos, Juliano della Róvere, el futuro Julio II, dejaba bastante que desear en su vida privada.
El nieto de su hermana Blanca Riario, Rafael, al que el papa hizo cardenal a los dieciséis años, se ha hecho famoso por la construcción del magnífico palacio de la cancillería, pero desempeñó luego un triste papel bajo el pontificado de León X. Indignísimo era sobre todo el nepote Pedro Riario, hecho cardenal a los veinticinco años, y que murió al cabo de tres años víctima de sus insensatos excesos. Otro sobrino, Juan della Róvere, obtuvo la mano de la heredera del ducado de Urbino, con lo que los Róvere entraron a formar parte de las familias soberanas de Italia.
Durante su pontificado fallecieron una serie de ancianos e importantes cardenales: Torquemada, Carvajal, Besarión, Forteguerri, Latino Orsini, Ángel Capranica, Ammanati. En lugar de estos eminentes príncipes de la Iglesia nombró Sixto, con una inconcebible ligereza, un nutrido número de cardenales jóvenes, algunos de los cuales sólo eran conocidos por sus vicios: Juan de Aragón, hijo del tristemente famoso Ferrante de Nápoles; Juan Bautista Cibó, un carácter débil, que fue su sucesor con el nombre de Inocencio VIII; además los nobles, pero indignos Ascanio Sforza, Bautista Orsini, Juan Bautista Savelli, Juan Colonna y finalmente, Sclafenati, un joven corrompido, cardenal a los veintitrés años. Estos últimos fueron los que, en el año 1492, decidieron la elección de Alejandro VI.
¡Qué tristeza contemplar el suntuoso sepulcro de Sixto IV, con su maravilloso retrato, una de las mejores obras de la escultura renacentista!