La dieta del Dr. Dukan

 

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Los demás papas De Aviñón

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Sucesor de Juan XXII fue Benedicto XII (1334-1342), un cisterciense severo y piadoso. Su deseo hubiera sido terminar de una vez la desdichada querella con Luis el Bávaro, pero los reyes de Francia y de Nápoles supieron frustrar este deseo; temían, en efecto, que si el papa se reconciliaba con Alemania, ganaría en independencia y a lo mejor se decidía a trasladar la curia a Roma.

Por lo demás, no es probable que Benedicto XII pensara en el regreso a Roma, pues él fue quien empezó la construcción del imponente palacio que aún hoy domina la ciudad de Aviñón y es uno de los más grandiosos monumentos que nos quedan de la arquitectura gótica tardía. La interminable querella con Alemania tuvo por consecuencia que los príncipes electores, reunidos en el año 1338 en Rhens del Rin, dictaran una ley por la que se declaraba que la elección de emperador era independiente del papa. Con esto el papado perdió uno de sus más importantes privilegios políticos.


El papa siguiente, Clemente VI (1342-1352), compró la ciudad de Aviñón y su comarca, que hasta entonces había sido un feudo napolitano, en el que el papa había residido, por así decir, en calidad de huésped; desde aquel momento Aviñón pasó, pues, a constituir un pequeño estado eclesiástico. La residencia de los papas en la ciudad del Ródano iba adquiriendo un carácter definitivo. En la lucha con el emperador, Clemente VI volvió a las medidas de violencia; renovó la excomunión de Luis el Bávaro y emplazó a los príncipes electores a que designaran un nuevo emperador.

En realidad, el Bávaro iba perdiendo en Alemania sus partidarios, y así se explica que los electores, a pesar de haber repudiado no hacía mucho toda ingerencia papal, se allanaran a la orden del pontífice y eligieran rey de Alemania al nieto de Enrique VII, Carlos de Luxemburgo, rey de Bohemia. Luis murió antes de que tuviese tiempo de estallar la guerra entre los dos rivales, y Carlos IV fue reconocido por todos. Así vino a resolverse por sí mismo el desdichado conflicto. No fue tan fácil reparar sus daños: éstos pesaron, en primer lugar, sobre la vida eclesiástica alemana, que había estado veinte años bajo el entredicho, y en último término sobre el mismo papado, pues costó no poco convencer a los alemanes de que habían sido, tratados equitativamente por los papas franceses.

En la elección del papa siguiente, Inocencio VI (1352-1362), los cardenales convinieron en una capitulación electoral, la primera conocida en la historia. Se entiende bajo este término un contrato subscrito bajo juramento por todos los cardenales, por el que éstos se obligan, caso de salir elegidos para el solio pontificio, a admitir determinadas limitaciones de su poder espiritual o temporal. En las elecciones episcopales, tales convenios eran ya conocidos de antiguo.

También en las elecciones imperiales se introdujo más tarde (desde 1519) la costumbre de establecer una capitulación. Luego estas prácticas fueron rigurosamente prohibidas en todas las elecciones eclesiásticas; en cuanto a las papales, eran nulas ya desde un principio, puesto que el papa poseía siempre la plenitud del poder y no puede obligarse válidamente a sí mismo. De todos modos, no dejaba de constituir una presión moral y era, cuando menos, un indicio del creciente poder de los cardenales, que empezaban a considerar al papa como a uno de los suyos; constituyó, en todo caso, una desagradable secuela de la época de Aviñón.
Inocencio VI no tuvo más remedio que prestar atención a los asuntos de la ciudad de Roma, donde reinaba la más completa anarquía.

Las interminables pendencias entre los Colonna y los Orsini daban ocasión a frecuentes levantamientos populares. El notario romano Cola di Rienzo (1353) consiguió dos veces hacerse con el poder con el título de «tribuno del pueblo»; la segunda vez (1353) fue incluso reconocido por el papa, mas perdió la vida en un nuevo levantamiento popular. El papa envió a Italia en calidad de legado, al cardenal español Gil de Albornoz para poner las cosas en orden. No hubiera podido encontrar un hombre mejor.

Albornoz era un eminente político, tan recto como enérgico, y supo organizar el Estado pontificio todo lo bien que permitían las condiciones medievales. A partir de entonces, ningún obstáculo se oponía ya al regreso de los papas a Roma. Que tarde o temprano el papa tendría que trasladar su sede a Roma, saltaba a la vista de todos, incluso en Aviñón. Al sucesor de Inocencio VI, el piadoso y santo Urbano V (1362-1370), le apremiaban de todas partes a que se decidiera a dar este paso, no sólo Petrarca, a quien acaso movieran razones nacionales más que eclesiásticas, sino también santa Brígida de Suecia, que después de mucho peregrinar, se había establecido junto a los santuarios romanos, y el emperador alemán Carlos IV. Al fin Urbano V se resolvió a hacer siquiera un viaje a la ciudad.

Los italianos, que no veían a ningún papa desde hacía sesenta y tres años, lo recibieron en todas partes con gran entusiasmo, pero el estado de cosas que encontró en Roma no respondió a sus esperanzas y pronto emprendió el regreso a Aviñón. Con todo, este viaje había servido para romper el hechizo y poner las cosas en movimiento. El destierro de Aviñón tocaba a su fin.

 

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