La dieta del Dr. Dukan

 

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La unión con los Griegos

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En 1437 acudieron a Ferrara setecientos griegos, todo lo que la Iglesia griega podía presentar en punto a ciencia y dignidad, encabezados por el emperador Juan VIII Paleólogo, el patriarca José de Constantinopla, el arzobispo Marcos de Éfeso, Besarión de Nicea, Isidoro de Kiev, el sabio Gemisto Plethon. Entre los latinos destacaban el piadoso cardenal Nicolás Albergati, que ostentaba la presidencia, los humanistas Tomás Parentucelli, el futuro papa Nicolás V, y Ambrosio Traversari, general de los camaldulenses.

Las negociaciones fueron de lo más difícil y más de una vez amenazaron con terminar en fracaso. En 1439 el concilio fue trasladado a Florencia, por razones preponderantemente económicas, y el 6 de julio se concertó allí solemnemente la unión. Una después de otra se sucedieron luego las uniones con las iglesias orientales menores, con los armenios en 1439, con los jacobitas monofisitas de Egipto en 1441, con los jacobitas de la Siria oriental en 1444 y con los caldeos nestorianos en 1445.


La unión de Florencia no estaba destinada a durar más que las anteriores. Sería, sin embargo, injusto dudar de la buena voluntad de los griegos, aunque sea cierto que entre ellos había algunos que sólo prestaron una adhesión exterior y se separaron de nuevo en cuanto volvieron a estar en su casa, como Gemisto Plethon, el cual, por lo demás, era más platónico que cristiano y despreciaba, por bárbaros, a los latinos. Tampoco puede desconocerse que los griegos perseguían ciertos fines políticos, movidos sobre todo por la necesidad de apoyarse en el Occidente frente al creciente peligro turco.

El emperador Juan VIII no hizo gran cosa para llevar a la práctica la unión, pero su hermano y sucesor Constantino IX la renovó en 1452 y se mantuvo fiel a ella. Para que la unión penetrara profundamente hasta las últimas capas del clero y del pueblo, borrando en ellas todo rastro de cisma, hubiera hecho falta más tiempo. Pero ya en 1453 los turcos conquistaron Constantinopla y restablecieron por la violencia el antiguo estado de cosas.


Si no hay motivos para dudar de la buena fe de los griegos podemos, en cambio, preguntarnos si era acertada la idea que ellos se hacían de la unión. No hacía aún mucho tiempo que habían visto a la Iglesia Occidental escindida en varias obediencias, cada una bajo un papa distinto. Ahora se presentaban ellos como una obediencia más, que entraba en tratos con las otras. De hecho, ya a los concilios de Pisa y Constanza habían asistido embajadores griegos.

Pero la diferencia esencial consistía en que el cisma latino no ponía sobre el tapete la cuestión jurídica de si el obispo de Roma era o no la cabeza de la Iglesia, sino la simple cuestión de hecho de saber qué persona era en aquel momento el legítimo obispo de Roma. De ahí que el cisma latino pudiera resolverse por medio de un tratado o de una conciliación, mientras que el bizantino sólo podía allanarse con una sumisión unilateral.

Con todo, no fue inútil la obra unificadora de Florencia. Los latinos, que habían perdido casi todo contacto con la iglesia griega, cobraron ahora conciencia de cuáles eran los puntos en que versaba la controversia. De un modo especial se puso en claro en Florencia, de una vez para siempre, que la cuestión del rito nada tenía que ver con la unión, es decir, que para que un griego entrara a formar parte de la Iglesia latina no necesitaba adoptar sus ritos. Era ésta una cuestión que en Constanza había quedado todavía en el aire.

Y era, sin embargo, una cuestión importante, dado el apasionado amor con que todos los orientales se aferraban a las venerables y hermosas prácticas de su culto divino. Los decretos de Florencia han servido, además, de base para todos los acuerdos de unión que se fueron concertando en lo sucesivo.

 

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