La dieta del Dr. Dukan

 

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Herejías en otras regiones

 

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África
En África el cisma donatista, en el siglo IV, había irrogado muchos daños a la Iglesia, lo cual no fue obstáculo para que en tiempos de san Agustín († 430) la vida católica floreciera esplendorosamente. Vino luego la conquista del país por los vándalos arrianos, que desencadenaron diversas y sangrientas persecuciones contra los católicos. La situación mejoró en 534, con la reconquista llevada a cabo por Belisario. Algunas de las ruinas de iglesias que se conservan hoy, proceden de esta época. Pero la densidad de población estaba en un continuo descenso. Las ciudades fortificadas que hizo construir el emperador Justiniano, eran mucho
menores que las antiguas. Las admirables canalizaciones y obras de regadío decaían por falta de mano de obra para mantenerlas en servicio; el desierto avanzaba, enterrando bajo sus arenas antiguos campos de cultivo y poblaciones abandonadas. Cuando en 698 los árabes conquistaron Cartago, desaparecieron los últimos restos de la cultura romana, y con ellos el cristianismo.

 

España
La inmigración de los visigodos arrianos, realizada a partir de los primeros años del siglo V, no ocasionó perturbaciones de importancia a la Iglesia española. Durante largo tiempo no fue muy extenso el territorio dominado por la dinastía visigoda. El rey Leovigildo (568-586) fue el primero que extendió su dominio sobre casi toda España, y con su hijo Recaredo la dinastía se hizo católica. Empezó entonces una época de gran florecimiento para la Iglesia, época iniciada por los dos hermanos san Leandro y san Isidoro († 600 y 636), que uno después de otro fueron obispos de Sevilla. En Toledo, que desde Leovigildo fue la capital del reino, de 400 a 701 se celebraron dieciocho concilios, cuyas actas cons­tituyen la fuente principal para el estudio de la vida eclesiástica. La conquista de casi toda España por los árabes en 711 aportó a la Iglesia toda clase de dificultades, pero en modo alguno su desaparición. Subsistieron más de treinta obispados. Sólo más tarde ocurrieron algunas persecuciones sangrientas. Pero más que los árabes, lo que de veras perjudicó a la Iglesia en España fue el general decrecimiento de la población y la extinción de la cultura.

 

La Galia
La Galia, que en la época de oro del Imperio romano debía contar con una población similar a la de España, o sea de ocho a nueve millones de almas, en el siglo VI, bajo los primeros merovingios, conservaba aún una cultura considerable y una economía relativamente desarrollada. Ya a principios del siglo IV poseía más de treinta sedes episcopales. En la vida religiosa se hacía sentir, desde el Sur, el benéfico influjo de Lérins, como más tarde el de Luxeuil, en Borgoña. En el siglo VI había aún obispos tan importantes como Avito de Vienne († 518) y Cesáreo de Arles († 542), destacados incluso como teólogos, y Gregorio de Tours († 594), cuya Historia de los Francos y otras obras son las principales fuentes de que disponemos para conocer aquel período. Es, con todo, significativo que Gregorio de Tours no estuviera ya en situación de escribir en un latín gramaticalmente correcto. Las numerosas vidas de santos escritas durante la época merovingia, no sólo influyeron intensamente sobre la hagiografía
medieval, sino que contribuyeron decisivamente a configurar el tipo medieval del santo. Los numerosos sínodos, que no se celebraban todos en una capital, como en España, sino en distintas localidades, son también indicio de una activa vida eclesiástica. Hacia el final del periodo merovingio, la decadencia política va de la mano con el decaimiento cultural y económico y también con el de la Iglesia. Una vez más, el continuo retroceso en la demografía debió de ser una de las causas principales de la decadencia. Esto no fue obstáculo, sin embargo, para que la Galia y el reino de los francos constituyeran el núcleo alrededor del cual debía más tarde formarse la familia de naciones europeas, y ello explica que el centro de gravedad de la vida eclesiástica se desplazara cada vez más en esta dirección.

 

Britania
A diferencia del continente, donde nunca se produjo una completa solución de continuidad con la cultura romana, en las Islas Británicas ocurrió una ruptura tajante. A comienzos del siglo V se retiraron de las islas las guarniciones romanas y el aparato administrativo. Los britanos, numéricamente muy débiles, para defenderse de los escotos que empujaban desde el Norte y que sólo con grandes esfuerzos habían sido tenidos a raya por los romanos, no tuvieron otro remedio que llamar en su auxilio a los germanos del continente. Los recién llegados, anglos, sajones y jutos, paganos todos ellos, arrinconaron luego a los britanos católicos en las regiones montañosas de Gales y Cornualles, cuando no los obligaron a emigrar al continente, a la región que de ellos recibió el nombre de Bretaña. Así en el siglo V el cristianismo estaba poco menos que extinguido en Inglaterra, mientras que en Irlanda, que jamás había sido romana, llegaba a su mayor esplendor gracias a la obra de san Patricio y sus sucesores. Desde Irlanda fueron también evangelizados los escotos, pueblo afín a los irlandeses, y monjes irlandeses y escoceses pudieron luego reemprender la obra misionera en Inglaterra. San Gregorio Magno envió en 596 a Inglaterra monjes benedictinos, que dieron un gran impulso a la cristianización, aunque no faltaron rozamientos con sus predecesores irlandeses, cuyas prácticas eclesiásticas discrepaban fuertemente de las romanas. El relato que nos hace Beda de la reinstauración de la sede episcopal de Canterbury en el año 669, arroja luz sobre las dificultades que surgían en aquel país entonces tan remoto, así como sobre lo mísero de las condiciones. Había fallecido el único obispo del país, y los príncipes ingleses enviaron una embajada al papa para pedir el nombramiento de un sucesor. Los enviados, no habituados al clima meridional, murieron todos en Roma. Entonces el papa consagró obispo a un monje griego, Teodoro, el cual necesitó dos años para llegar a Inglaterra, pero una vez allí desplegó
una gran actividad. Como griego y civilizado que era, se ocupó de extender los conocimientos científicos, tomando personalmente en sus manos la educación de sus clérigos, a los cuales enseñó incluso la lengua griega. Así se explica que el monje benedictino Beda el Venerable († 735) pudiera hacer gala de una ciencia, muy vasta para aquel tiempo. Su Historia de Inglaterra es para nosotros una obra tan fundamental como la de Gregorio de Tours para Francia. Beda tradujo además el Nuevo Testamento al anglosajón. La Iglesia inglesa se caracterizó por una especial adhesión a la sede apostólica. Eran frecuentes las peregrinaciones a Roma, así como los envíos de dinero. En el siglo VIII estaba Inglaterra en situación de enviar al continente un gran número de misioneros.

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