La dieta del Dr. Dukan

 

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Carlomagno

 

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Carlomagno había ampliado considerablemente, por vía de conquista, el reino de su padre. Es verdad que, en el sur, se volvió a perder una parte de la Marca Hispánica arrebatada a los árabes, y sólo Barcelona siguió siendo franca; pero esta pérdida fue compensada por la conquista de la mayor parte de Italia. Carlos fue nombrado rey de los longobardos (774), con lo cual pasó a ser soberano feudal de los principales longobardos que subsistieron. Los dominios del papa no sufrieron daño, al contrario, fueron incrementados con adiciones hechas a la donación de Pipino.

 

Carlos apoyó también a los Agilulfinger de Baviera e incorporó al reino franco los ducados de Baviera y Carintia. En el norte sometió en diversas y sangrientas guerras a los sajones, paganos todavía en su mayor parte, que ocupaban el territorio comprendido entre el Ems, el Weser y el Elba. También los pueblos eslavos de allende el Elba, hasta el Oder y los Cárpatos, los obotritos, servios, checos y moravos, fueron reducidos a una semidependencia, así como los ávaros hasta el Theiss y los croatas en el sur.


El imperio de Carlomagno no constituía un estado unitario ni mucho menos. Lo que mantenía juntas sus dispares componentes era, sobre todo, la poderosa personalidad del soberano. Esta personalidad no dejaba de tener sus manchas y en más de un respecto hace pensar en ciertos tipos de déspotas semibárbaros. Pero lo que no se le puede negar a Carlomagno, es un elevado sentimiento de su responsabilidad. Su propósito era ser un soberano cristiano, y concebía su cargo como un difícil deber. Los procedimientos de que echó mano para la extirpación del paganismo, sobre todo entre los sajones, chocan a la sensibilidad moderna. Pero no puede desconocerse que justamente los sajones abrazaron con un particular ardor la religión católica, que tan violentamente les había sido impuesta.

 

Carlomagno se sentía a sí mismo como defensor de la Iglesia, y a veces se permitió entrometerse muy libremente en los asuntos eclesiásticos. Con todo, no puede hablarse, a propósito de él, de cesaropapismo. La Iglesia era objeto de sus cuidados, no un medio para sus fines, ni un instrumento de gobierno. «Un cesaropapismo propiamente dicho difícilmente podía surgir en el peculiar estado de cosas creado por la unión de Pipino y más tarde por la coronación de Carlomagno. El papa pertenecía de lleno al Imperio, invocaba la protección y la justicia del emperador, y le debía fidelidad, como otro vasallo cualquiera.

 

Pero al mismo tiempo, el papa, como última instancia sobre la tierra, había conferido la dignidad real e imperial a la familia reinante, y no como un funcionario que ejecuta un rito, sino como un creador de derecho. En lo sucesivo, quien quisiera poseer la dignidad imperial de Carlomagno, sólo podía recibirla de manos del papa, y si éste se la negaba, no podía ser emperador. Esta peculiarísima imbricación de los dos poderes, según la cual cada uno de ellos estaba en ciertos aspectos subordinado al otro, dominó durante siglos la alta política de la Edad Media, hasta el siglo XIII y aun más allá.

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