Consecuencias de la separación de la iglesia griega
La pérdida de Bizancio fue para la Iglesia católica un acontecimiento preñado de las más funestas consecuencias, casi tan trascendental como la aparición del Islam. En tiempo de Focio, y sobre todo en el siglo XI, cuando el cisma se consumó ya formalmente, esta pérdida podía parecer aún relativamente pequeña. El Imperio bizantino estaba quedando reducido a su mínima expresión. Especialmente cuando en el siglo XI hubo dejado en manos de los seljúcidas el Asia Menor, que había sido siempre el centro de su poderío, aparte de la metrópoli de Constantinopla, el emperador no gobernaba más que la despoblada península de los Balcanes.
El número de fieles que con el patriarca griego se separaron de Roma, era insignificante en comparación con los dilatados países europeos que quedaban fieles al pontífice y cuya demografía reemprendía justamente entonces su marcha ascendente. Pero las consecuencias para el futuro fueron de gran trascendencia. Desde ahora la Iglesia tenía, además de la frontera meridional impuesta por el Islam, una frontera oriental que se iba prolongando hacia el norte hasta alcanzar finalmente el Báltico y cortar en dos todo el continente eurásico.
La ocupación por los pueblos rusos del territorio situado allende esta frontera no se efectuó hasta una época muy posterior, y el hecho de que la Iglesia esté aún hoy excluida de este espacio no es debido sólo al cisma bizantino, sino que tiene además otras causas. Pero la verdad es que todo lo que después vino arranca de aquellos comienzos. La barrera meridional del Islam tiempo ha que la Iglesia la ha roto a trechos, y en otros la ha rebasado, asentando firmemente los pies en toda el África y en el Asia meridional. Pero el nordeste de Europa y toda el Asia septentrional, le han quedado hasta hoy cerradas.
El Islam y el cisma bizantino redujeron a la Iglesia, para toda la Edad Media, al centro y al oeste de Europa. Desde el punto de vista de su universalidad, era éste un grave inconveniente. Por otro lado esta concentración secular sobre sí misma ha contribuido no poco a reforzar interiormente a la Iglesia. Desde el apartamiento de Bizancio, el papa se halló, por decirlo así, único señor de su casa. Aunque no faltaran dentro de ésta los conflictos y las disensiones, no existía ya aquel foco interior de perturbaciones que había sido Bizancio desde los días del arrianismo.
No cabe duda que las pérdidas sufridas por Bizancio a consecuencia de su separación de la Iglesia universal, fueron mucho más graves que las de ésta. Los imperecederos valores que la cristiandad helena había creado desde los días de los apóstoles y que están perpetuados en los escritos de los grandes padres de la Iglesia, los ha guardado fielmente la Iglesia católica como un propio y precioso tesoro, del que aún hoy saca provecho. Aun sin Bizancio, la Iglesia católica se ha ido convirtiendo cada día más en Iglesia universal, desarrollándose hasta su florecimiento presente.
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