La coronación de Pipino
En Francia se había producido una completa renovación política. Hacía ya generaciones que los reyes de la casa merovingia, los sucesores de Clodoveo, habían dejado escapar de sus manos las riendas del gobierno, pasándolas a los «mayordomos» de palacio, los cuales alternaban en sus cargos, hasta que la familia de los carolingios, oriundos de la región del Mosa, se apoderó de la mayordomía y la hizo hereditaria. A esta casa pertenecía Carlos Martel, el que en 732 derrotó a los árabes en Poitiers.
Su hijo Pipino, desde 746 único mayordomo de todo el reino franco, que entonces se extendía ya desde los Pirineos hasta el Escalda, el Weser y el Lech, decidió convertir en una situación de derecho el estado que de hecho subsistía ya desde antiguo, asumiendo personalmente el título de rey en substitución del impotente merovingio. Antes de dar este paso, solicitó la aprobación del papa, y al efecto envió a Roma como embajadores a Burkhardo, obispo de Wurzburgo, y al abad de Saint Denis, Fulrado. El papa Zacarías dio su aprobación, y Pipino fue, en consecuencia, proclamado rey por los magnates del Imperio franco. Ungióle en nombre del papa san Bonifacio, en 751. El último merovingio, Childerico III, fue recluido en un claustro.
Con esto la suerte estaba echada. Desde aquel momento, los vínculos existentes entre el papa y el reino franco eran algo más que una alianza. El pontífice había asumido el papel de garante de la legitimidad de la nueva monarquía franca. Con ello iba implícito un alejamiento político con respecto a Bizancio, cuyo gobierno tiempo ha que no se preocupaba del papa ni de sus dificultades en Italia.
No tardaron en hacerse sentir las consecuencias de la nueva alianza. Pipino entró en Italia, derrotó a Astolfo, le arrebató el distrito antes bizantino de Ravena y lo donó, junto con una parte de Umbría, al papa. Esta llamada «donación de Pipino» es habitualmente considerada como el origen de los Estados de la Iglesia o, más exactamente, del Estado pontificio.
Sin embargo, esta tesis sólo puede aceptarse con reservas. Si por Estado de la Iglesia se entiende un estado territorial en el sentido moderno, entonces durante toda la Edad Media no hubo todavía un Estado de la Iglesia propiamente dicho. Los cimientos para semejante Estado no fueron echados hasta comienzos del siglo XVI, por obra de Alejandro VI y Julio
II. Pero si con aquella expresión se entiende que el papa ejercía derechos de soberanía en Roma y fuera de ella, entonces hubo un Estado de la Iglesia ya mucho antes de la donación de Pipino.
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