La dieta del Dr. Dukan

 

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El Emperador Justiniano

 

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Teodorico murió en 526, y al año siguiente subió al trono imperial el gran Justiniano. No tardó en dejarse sentir de nuevo en Italia la influencia del gobierno imperial. Justiniano mandó a su general Belisario, que en 534 había sometido el África, que pasara a Italia para poner fin al dominio ostrogodo. La dilatada guerra que siguió aportó nuevas devastaciones a la península. Roma tuvo que resistir varios sitios, y en una ocasión todos sus habitantes, que por lo demás no debían ser muy numerosos, tuvieron que ser evacuados junto con el papa.


Belisario, aunque católico de convicciones, ejerció en Roma un gobierno tiránico. Depuso al papa Silverio, del que sospechaba que conspiraba con los godos, y nombró en su lugar a Vigilio. Éste deportó a su antecesor a la isla de Palmaria, donde murió. Vigilio logró ser reconocido por todos como pontífice, pero no tardó en pagar muy cara su desatentada ambición, pues incurrió en un grave conflicto con el emperador Justiniano.


Justiniano, la figura más grande del siglo VI, el restaurador del dominio romano en los países mediterráneos, el creador del Codex Iuris, el constructor de Santa Sofía, es para nosotros una personalidad elusiva y difícil de captar. La misteriosa penumbra en que sabía envolverse la corte bizantina nos impide dictar un juicio sobre su carácter moral y sobre sus auténticos propósitos políticos y religiosos. Lo seguro es que su capacidad de trabajo era extraordinaria. Actuó incansablemente en todos los campos de la política y de la administración, y no menos en el de la vida religiosa, como legislador eclesiástico e incluso como escritor teológico. Es indudable que su ideal era asegurar en todo el Imperio la unidad de la religión católica. Pero no lo es menos que la mayor parte de sus medidas, ejecutadas a menudo con gran dureza, o resultaron del todo erróneas o al menos no eran adecuadas para dar resultados convincentes. Justiniano es uno de aquellos grandes de la tierra que, aunque realizaron empresas sobrehumanas, no consiguieron crear nada duradero.


En la esfera eclesiástica, su principal afán era el de reconducir a la unidad a los monofisitas. El fracaso de Zenón con su Henotikón había demostrado que nada podía conseguirse con fórmulas de compromiso, que no satisfacían ni a los amigos ni a los adversarios. Justiniano pensó que una de las maneras de quitar fuerzas a los monofisitas, cuya doctrina vivía del antinestorianismo, consistía en condenar la herejía nestoriana partiendo de una base mucho más amplia de como se había hecho hasta entonces. La condena debía comprender no sólo a Nestorio, sino a todos los escritos que de un modo u otro fueran favorables a su doctrina, y en particular la teología de Teodoro de Mopsuestia.

 

Estos escritos, reunidos en tres grupos, recibieron el nombre de «Tres capítulos». Vigilio, que debía su nombramiento de papa a la corte bizantina, fue llamado a Constantinopla, donde se le retuvo durante ocho años. La condena de los «Tres capítulos» despertaba la mayor desconfianza no sólo en Vigilio, sino en la mayoría de los obispos. Los más la consideraban innecesaria y veían en ella un encubierto ataque al concilio de Calcedonia, que lejos de debilitar la posición de los monofisitas, no haría sino reforzarla. Por otro lado, era innegable que los «Tres capítulos» merecían una censura teológica. El papa no asistió al concilio de 553, que condenó los «Tres capítulos», pero ulteriormente confirmó sus resoluciones, por lo que es contado como el 5° concilio ecuménico.

 

Este gesto del papa despertó una viva oposición en Occidente. Las cosas llegaron a tal extremo, que toda el África y las provincias eclesiásticas de Milán y Aquileya se separaron de la comunión del papa. Sin embargo, sólo en Aquileya se produjo un cisma verdadero, que duró más de cien años. De una aproximación de los monofisitas a la Iglesia católica, después de la condena de los «Tres capítulos», no pudo advertirse ni el menor indicio.


Este mismo siglo VI, durante el cual Italia había tenido que sufrir las guerras de los godos, presenció en 568 la invasión de los longobardos. No consiguieron éstos conquistar a Roma, pero se establecieron e hicieron fuertes al norte y al sur de la ciudad, en Espoleto y Benevento respectivamente, y quedaron como una amenaza permanente. Sin embargo, empezaron a hacerse católicos, bajo la influencia del monasterio de Bobbio, fundado por san Columbano cerca de su capital Pavía, y de la reina Teodolinda, hija del duque bávaro Garibaldo. El último obispo arriano se convirtió a mediados del siglo VII, cuando la corte real era ya católica. Los longobardos no eran tampoco muy numerosos; pero la población indígena había por entonces descendido tanto, que el proceso de asimilación fue mucho más lento que con los godos, y en realidad los longobardos jamás se fundieron del todo con la romanidad.

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