La dieta del Dr. Dukan

 

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El «Henotikón»

 

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Para detener la general defección, el emperador Zenón encargó al patriarca de Alejandría Pedro Mongo y al patriarca de Bizancio Acacio que redactaran una confesión de fe, que fue publicada en el año 482 con el título de «Henotikón» (edicto de unión), e investida del carácter de ley imperial. En ella se condenaba por igual a Nestorio y Eutiques, se rechazaba el concilio de Calcedonia y sólo se admitían como normas de fe el concilio de Nicea y los anatematismos de Cirilo contra Nestorio.

 

Pero en lugar de establecer la paz, esta nueva intromisión del gobierno imperial en cuestiones religiosas no hizo sino agravar la confusión. Para los católicos el «Henotikón» era inaceptable, puesto que en él se desautorizaba el concilio de Calcedonia. Por consiguiente, el papa Félix II (483-492) excomulgó a su autor, Acacio de Constantinopla, lo cual dio pie a un primer cisma entre Roma y Bizancio, que no fue allanado hasta 519. Por su parte, los monofisitas de Egipto y Siria no tenían la menor intención de aceptar el «Henotikón», puesto que en él se condenaba a Eutiques. Lo aceptaron, en cambio, los armenios. Al hacerlo, se separaron de Roma y siguieron separados aun después de que Bizancio hubo renunciado al «Henotikón».


Así fue como, en unos pocos decenios, la Iglesia católica vino a perder un extenso territorio con numerosos y antiquísimos centros de cultura cristiana: Egipto, cuna de la vida monástica, que había dado a la Iglesia un Orígenes y un san Atanasio; Siria, con sus tradiciones que se remontaban a la edad apostólica, donde en el siglo IV Afraates y el gran san Efrén habían echado los cimientos de una importante literatura nacional católica; Persia, Armenia y otras prometedoras avanzadas de la expansión misional. Desvaneciéronse las esperanzas, que tan fundadas parecían desde el siglo IV, de conquistar el Asia y el África oriental. De poco iba a servirle a la Iglesia el que el nestorianismo, partiendo de Persia, avanzara en la Edad Media hacia el centro del Asia y hasta China.


Lo que en cifras significaran estas pérdidas, es difícil de calcular. Los países afectados por la apostasía estaban ya muy despoblados en el siglo V. La defección no fue general, y en el oeste de Siria, en Palestina y Egipto continuó habiendo minorías católicas. Pero el número de los que se separaron de la Iglesia pudo muy bien llegar a los cuatro o cinco millones, lo que entonces significaba acaso un cuarto de la total población católica.




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