La dieta del Dr. Dukan

 

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El Islam

 

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Si bajo el nombre de religión se entiende la fe en una revelación, entonces no hay actualmente en el mundo más que dos grandes religiones propiamente dichas: el cristianismo y el Islam. La tercera que, a causa del número de sus adeptos, se suele poner al lado de estas dos, el budismo, no tiene la pretensión de descansar sobre una revelación divina; por consiguiente, más que como una religión, merece ser considerada como una concepción del mundo, como una ideología. Y puesto que dentro del cristianismo ninguno de los grupos separados de la Iglesia católica, en tanto que se mantienen todavía fieles a la idea de una verdad revelada, tienen derecho, por el número de sus adeptos y por su difusión, a ser calificados de religiones universales, podemos dar una forma más precisa a aquella afirmación diciendo: Hoy no existen más que dos religiones universales, el catolicismo y el Islam.
Sociológicamente no es posible establecer una comparación entre estas dos religiones. El Islam no posee una unidad jerárquica. Carece de un sacerdocio y de un servicio de culto. Está, además escindido, prescindiendo ahora de sectas menores, en dos mitades desiguales: sunnitas y chiitas. Lo que une a todos los musulmanes desde Dakar y Zanzíbar hasta Borneo, la China, Asia Central y sur de Europa, son dos elementos: el Corán y la Meca. Es curioso observar que la veneración de la Meca es un elemento premahometano, en realidad pagano, que, por así decir, se ha empotrado orgánicamente dentro del Islam. Sin embargo, no hay que infraestimar la unidad del Islam, con ser su estructura tan distinta de la Iglesia católica. En todo caso, es mucho más firme que la que existe entre las distintas confesiones cristianas separadas de la Iglesia católica.


La Iglesia y el Islam son, pues, los grandes rivales en la historia religiosa de la humanidad. En el curso de su larga historia, se han mantenido en una fricción constante, a veces franca y otras latente, en el espacio geográfico en que entraron en contacto, o sea, en la cuenca del Mediterráneo. Pero la lucha decisiva entre ellos no se ha producido todavía. Es de esperar, sin embargo, que se producirá en un futuro más o menos próximo, y en ella se decidirá la religión del Asia, del mismo modo que en la historia política de la humanidad lo que en último término, y desde sus comienzos más remotos, se discute es la posesión del continente asiático, y así seguirá siendo aún durante muchos siglos.


Vemos, pues, que la aparición del Islam en la liza de la historia universal desde el siglo VII, es un acontecimiento de trascendental importancia para la historia de la Iglesia. Sus efectos sobre los destinos de ésta fueron, ya desde un principio, de la mayor gravedad.


Al morir Mahoma en el año 632, su dominio no alcanzaba siquiera a la totalidad de Arabia. Sólo después de su muerte los adeptos de la nueva religión irrumpieron en los países civilizados, saliendo de los desiertos de Arabia septentrional. En el año 635 cayó en sus manos Damasco, la primera capital del nuevo Imperio, y en 637 conquistaron la Mesopotamia inferior y Jerusalén. Le llegó luego el turno a Mesopotamia superior. En 641 cayó Edesa. Luego los árabes penetraron en Persia; en 646 conquistaron las regiones del Kars y el Khorassan; en 656 eran árabes toda Persia hasta el Oxus y toda Armenia hasta el Cáucaso. Al mismo tiempo estaba en marcha la conquista del oeste. Ya en 641 cayó Alejandría y con ella Egipto entero. En 644 toda la costa hasta Trípoli estaba en manos árabes.

 

Chipre fue ocupada en 650. Luego vino un parón en Occidente. Cartago no cayó hasta 690, pero después de su conquista se reemprendió el incontenible avance a lo largo de la costa africana. En el año 710 estaban los árabes en Ceuta, en 711 pasaron el estrecho de Gibraltar, ya en 712 estaban en Zaragoza y en 720 en Narbona. En Oriente el año 709 fue conquistada Samarcanda en Transoxania, y en 712 se alcanzaron las riberas del Indo. Más tarde prosiguió el avance por la India, mientras se detenía definitivamente en Europa. Un asedio de Constantinopla, emprendido prematuramente en 718, terminó en fracaso, y la penetración en Francia fue detenida en 732 por la victoria de Carlos Martel en Poitiers. Con todo, en menos de cien años los árabes habían conquistado un imperio que, si no en número de habitantes, sí al menos en extensión, superaba con mucho al antiguo Imperio romano. Se habían hecho los dueños del Mediterráneo. En el siglo IX conquistaron aún Sicilia (827) y establecieron poderosas cabezas de puente en la costa europea, en Fraxinetum, al sudoeste de Cannes (889-975), y en el Garigliano, a tres jornadas al sur de Roma (880­916).


Las pérdidas inmediatas que la Iglesia católica sufrió por efecto de la conquista árabe, no fueron de momento tan grandes como pudiera parecer. El objetivo de los árabes era someter el mundo a la soberanía de Alá, pero no por ello obligaban a la gente a adherirse al Islam. De todos modos, la idolatría era para ellos una abominación, y cuando se encontraban con un pueblo pagano, lo convertían a la fuerza. Pero no consideraban como idólatras a los cristianos y a los judíos. Ellos poseían su propia revelación, su Kitab (libro), la Biblia, que gozaba también de un gran prestigio entre los árabes. Por consiguiente, los cristianos no fueron molestados en sus creencias ni estorbados en la práctica de su culto, aunque en los países sometidos venían a ser una especie de ciudadanos de segunda categoría, obligados a pagar impuestos especiales y excluidos de los cargos públicos.


En las regiones orientales, Mesopotamia, Siria, Egipto, quedaban muy pocos católicos. Los monofisitas, mucho más numerosos, a menudo llegaban hasta saludar a los árabes como a sus liberadores del yugo bizantino. Los únicos países católicos que quedaron sometidos durante largo tiempo a la dominación árabe, fueron España y el norte de África. En España la Iglesia se mantuvo en pie. Es, en cambio, sorprendente que en África desapareciera del todo, a pesar de que no tenemos noticias de que se forzara la islamización al menos en proporciones apreciables. La razón es, seguramente que no existía ya allí una población católica digna de mención. Las tribus bereberes del interior no habían sido ni romanizadas ni cristianizadas, y ahora se convirtieron todas al Islam. El hecho de que Cartago resistiera cierto tiempo, se explica porque poseía una importante fortaleza defendida por una guarnición bizantina. Pero tampoco allí había una población católica latina en número apreciable. La Iglesia no fue aniquilada en África, sino que se extinguió por sí misma.


Vemos, pues, que las pérdidas numéricas sufridas directamente por la Iglesia de resultas de la invasión árabe no fueron excesivamente grandes. Mucho más sensibles fueron, en cambio, las consecuencias indirectas. No había ya que pensar en un avance misional en las regiones dominadas por los musulmanes. Esto venía en parte de la característica capacidad de resistencia del Islam, dentro del cual las conversiones a otra religión son aun hoy una rareza, y en parte también del hecho de que el mundo islámico entraba dentro de un círculo cultural completamente distinto, sin ningún acceso abierto a la cultura occidental.


Sucedió, pues, que la Iglesia, que hasta entonces no había conocido ninguna barrera territorial, se encontró de súbito con una frontera geográfica en el sur, que atravesaba el Mediterráneo en toda su longitud y obstruía definitivamente el acceso al Asia citerior. Esta línea discurría, además, peligrosamente cerca de Roma. Desde entonces, la posición geográfica de Roma dentro de la Iglesia no fue ya central, sino marginal. En consecuencia, el punto de gravedad geográfico de la Iglesia se trasladó hacia el norte, hacia la Galia. Y no fue esto todo. La separación entre el Occidente y Bizancio se hizo, por culpa de los árabes, mucho más tajante. El estado bizantino, empequeñecido y empobrecido por la pérdida de valiosísimos territorios, tuvo que asumir desde ahora la vital misión de poner coto al avance árabe en el Asia Menor. En cierto modo, ello le obligó a volver las espaldas a Occidente. Y el Occidente, que nada tenía ya que hacer en el Mediterráneo, volvió las espaldas a Bizancio. Entre los dos venía a interponerse una especie de zona muerta, la península balcánica, en la que los inmigrantes eslavos establecerían sus reinos, aliándose ora con el Oriente, ora con el Occidente y por esto mismo ensanchando aún más la grieta que a ambos separaba.


El gran viraje de la política europea, la alianza del papa con el imperio carolingio de los francos, que tuvo por consecuencia la constitución de la familia medieval de naciones europeas y que dio al medievo su fisonomía política y eclesiástica, fue pues, un efecto mediato de la conquista árabe. Desde este punto de vista, no dejan de tener razón los historiadores que hoy hacen empezar la Edad Media con la aparición del Islam.

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