La dieta del Dr. Dukan

 

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El Patriarca De Constantinopla

 

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El punto más espinoso para el papa era su relación con el patriarca de Constantinopla, y aquí es también donde más difícil nos resulta emitir un juicio. Los obispos de Bizancio habían empezado ya a llamarse «patriarcas ecuménicos». Su privilegiada posición dentro de la Iglesia tiene una historia muy larga.


El concilio de Nicea había ordenado que se observara la prelación que por costumbre se había concedido a los metropolitanos dentro de las distintas provincias, y además había reconocido una posición particularmente honorífica al obispo de Jerusalén, sin substraerlo empero a la jurisdicción del metropolitano de Cesarea en Palestina. El concilio de Constantinopla de 381 dividió a Oriente en cinco demarcaciones eclesiásticas: Egipto (Alejandría), Siria (Antioquía), Ponto (Cesarea), Asia (Éfeso), Tracia (Heraclea). Con ello la organización eclesiástica se adaptaba a la administración civil tal como había sido establecida por Diocleciano. Éste había dividido el Imperio en cuatro prefecturas, cada prefectura en varias diócesis y cada diócesis en varias provincias. La prefectura de Oriente comprendía aquellas cinco diócesis políticas que en 381 fueron también adoptadas como circunscripciones de la jurisdicción eclesiástica.

 

Por consiguiente, mientras en el resto del Imperio subsistía la antigua ordenación, según la cual entre el papa y los prelados locales no había más instancia intermedia que la de los metropolitas, en Oriente se creó un segundo escalón, el de los archimetropolitas. Decretóse, además, que el obispo de Constantinopla, aunque perteneciente al distrito archimetropolitano de Heraclea, por su condición de obispo de la capital gozaría de precedencia sobre todos los demás obispos, con la única excepción de Roma.


El concilio de Calcedonia de 451, en su canon 28, dio un paso más y concedió al obispo de Constantinopla el derecho de consagrar a los archimetropolitas de Éfeso, Cesarea del Ponto y Heraclea, lo que equivalía a agrupar en una unidad superior a estos tres distritos archimetropolitanos. Contra este canon el papa León el Grande levantó inmediatamente su protesta. En el año 452 escribió al emperador que no podía permitir que se restringieran los derechos que los concilios anteriores habían reconocido a los obispos orientales. La sede de Constantinopla ni siquiera había sido fundada por los apóstoles, y su obispo debía darse por satisfecho de que «con ayuda de tu piedad y con mi amistosa aprobación» haya sido elevado a la sede de la capital del Imperio.


En la propia Constantinopla se tenía conciencia de que las pre­tensiones de su obispo carecían de fundamento histórico. De ahí que más tarde se acudiera para cimentarlas a las reliquias del apóstol san Andrés, que se afirmaba tener en la ciudad. San Andrés no sólo era el hermano de san Pedro, sino que, además, había sido llamado antes que él al apostolado. A mayor abundamiento, se inventó la historia de que san Andrés había consagrado al primer obispo de Bizancio.


Roma insistió en no querer reconocer el canon 28 de Calcedonia. De todos modos, tuvo que pasar por que el obispo de Constantinopla ingresara en la categoría de los patriarcas orientales y ocupara incluso el primer rango entre ellos. No otra cosa significaba, de momento, el título de «patriarca ecuménico», que se atribuyeron los obispos bizantinos desde el tiempo de san Gregorio Magno. Una verdadera jurisdicción sobre los demás patriarcas de Alejandría, Antioquía y Jerusalén, no la reclamaban, y no hablemos ya de discutir el primado del papa. Pero era, con todo, inne­gable que los obispos de Bizancio poseían sus propias ideas sobre la organización de la Iglesia, y que la concebían como una jerarquía de funcionarios escalonada según el modelo del estado bizantino.

 

Esta concepción es la que combatió san Gregorio Magno al protestar contra la asunción del título de «patriarca ecuménico»; pero tampoco admitió que el patriarca de Alejandría le diera a él el título de «papa universalis». Gregorio no quería ser la cúspide de una pirámide de funcionarios en el sentido bizantino. El poder del Papado descansaba sobre cimientos de otra índole.
No hacía mucho que Gregorio Magno había cerrado los ojos, cuando ocurrieron sucesos que imprimieron un nuevo rumbo a toda la historia política del mundo antiguo, ejerciendo también una grandísima influencia sobre los destinos de la Iglesia: la aparición del Islam.

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