La dieta del Dr. Dukan

 

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Focio

 

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En el año 858 el patriarca de Constantinopla, Ignacio, fue depuesto a consecuencia de intrigas cortesanas; en su lugar el gobierno nombró a Focio, un hombre de grandes méritos científicos que hasta entonces había sido seglar. Ignacio acudió al papa Nicolás I (858-867), el cual declaró ilegítima la elección de Focio. Éste, por su parte, reunió un sínodo que declaró depuesto al papa (867). Es más, solicitó del rey y emperador franco Luis II la ejecución de esta sentencia, no porque abrigara la esperanza de inducir al emperador de Occidente a proceder de hecho contra el pontífice, sino para subrayar que en ningún concepto reconocía el primado del obispo romano.


Sin embargo, aquel mismo año de 867, el emperador Miguel III, el protector de Focio, fue destronado. El nuevo soberano, Basilio I, depuso a Focio, devolvió la sede patriarcal a Ignacio y restableció la paz con Roma. Un concilio celebrado en Constantinopla, el octavo ecuménico (869-870), condenó a Focio y confirmó a Ignacio. Sin embargo, no se mostró éste muy agradecido al papa, pues seguidamente incorporó al patriarcado bizantino a los recién convertidos búlgaros, que se habían puesto en dependencia directa del papa.


Al morir Ignacio en 877, Focio fue vuelto a nombrar patriarca por el mismo emperador Basilio I que anteriormente le había depuesto. Parece que esta vez fue reconocido incluso por el pontífice romano. Convocó de nuevo un concilio, en el que se anuló el octavo ecuménico de 869 y se negó al papa toda jurisdicción en Oriente. Como es natural, el papa Juan VIII (872-882) no quiso ratificar este sínodo, el cual sigue empero valiendo entre los griegos como el legítimo octavo ecuménico, en lugar del de 869 reconocido por los latinos. El resto de la vida de Focio queda envuelto en la obscuridad. No está claro si fue realmente excomulgado por el papa. En todo caso, fue destituido en 886 por el emperador y parece que no tardó en morir.


Exteriormente considerada, la disputa sobre Focio no había introducido cambios esenciales en la relación de los bizantinos con el conjunto de la Iglesia. A las muchas cuestiones sin resolver venía a añadirse ahora la del octavo concilio ecuménico. Pero los espíritus se habían habituado ya a dejar abiertas estas heridas de la unidad eclesiástica. Nadie, ni arriba ni abajo, tenía aún la impresión de encontrarse en un estado de cisma. Puede decirse, sin embargo, que a partir de Focio la escisión se consumó, si no formalmente, cuando menos materialmente.

 

El concepto que los bizantinos tenían de la Iglesia había sufrido una importante alteración. Su doctrina de los cinco patriarcados (Roma, Constantinopla, Antioquía, Alejandría, Jerusalén) como partes integrantes de la Iglesia, se había ido poniendo tanto en primer plano, que no quedaba ya espacio para la primitiva constitución eclesiástica. Y aunque los teólogos bizantinos nunca hasta entonces hubieran negado teóricamente el primado jurisdiccional del sucesor de san Pedro, y aunque algunos de ellos lo hubieran defendido enérgicamente, como Máximo Confesor y Teodoro Estudita, sin embargo, se habían habituado a considerar al papa simplemente como el patriarca de Occidente.

 

Nadie pensaba en la desproporción que implicaba esta tesis, puesto que, en realidad, los tres patriarcados orientales no existían más que de nombre y el patriarca de Constantinopla ejercía una autoridad limitada a un pequeño territorio, mientras que el llamado patriarcado romano abarcaba todo el resto de la Cristiandad.


Estas ideas se habían difundido antes de Focio. Lo nuevo que éste había aportado, y por lo que fue, si no el causante real sí el inspirador espiritual del cisma definitivo, era aquella repugnancia combinada con desprecio hacia Roma y todo lo latino, contra la que se estrellaron todos los intentos ulteriores de aproximación. El historiador eclesiástico y futuro cardenal Hergenröther, en el libro que hace cien años escribió sobre Focio y que influyó sobre toda la moderna historiografía, ha intentado exponer en un sugestivo capítulo los remotos orígenes de esta repugnancia, que poco a poco se fue agravando hasta convertirse en odio, orígenes que en realidad deben buscarse en el traslado a Constantinopla de la capitalidad del Imperio.

 

De todos modos, conviene insistir frente a esto, que en la rica literatura teológica de la Iglesia bizantina anterior a Focio, no aparecen rastros de odio y ni siquiera de desvío contra Roma. Se había discutido con el papa, algunos de sus actos habían provocado descontento, como vemos ya en el gran campeón de la unidad eclesiástica en el siglo IV, san Basilio, que más de una vez había suspirado a propósito de la rudeza a sus ojos excesiva del «corifeo» romano; pero nadie había sentido como una humillación tener una y otra vez que someterse al papa, aceptar sus decisiones en materia doctrinal y sentenciar a sus propios patriarcas suspectos de herejía, desde Macedonio hasta Sergio y Pirro. Pero las cosas cambiaron a partir de Focio. Focio, el gran erudito seglar, el mayor científico de su tiempo, introdujo en la esfera eclesiástica el orgullo nacional griego. Desde entonces ya nadie acudió al papa en demanda de socorro, como se había hecho aun durante las luchas con la iconoclastia; ya nadie decía «Pedro ha hablado por boca de León», como se gritó en Calcedonia. A lo sumo se podían concertar convenios con el patriarca romano, pero siempre tratándole de igual a igual, como a la otra parte en un contrato.

 



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