La dieta del Dr. Dukan

 

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La iconoclastia

 

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La disputa de las imágenes provocó, en el siglo VIII, dentro de la Iglesia bizantina, una confusión mayor que la causada por ninguna de las herejías anteriores. Una vez más, el promotor del conflicto fue el emperador. León III el Isáurico ordenó, en el año 726, que se quitaran de las iglesias todas las representaciones plásticas de ángeles y santos; más tarde (730) la orden fue extendida a las imágenes de Cristo y la madre de Dios. Qué indujo al emperador a este extravagante proceder, que recuerda las leyes de iglesia y sacristía de José II tan ridiculizadas por Federico el Grande, resulta difícil decirlo.

 

De seguro que en ello concurrieron sentimientos de inferioridad, la repugnancia que la gente culta sentía por la ingenua piedad de la plebe, el deseo de implantar unas prácticas religiosas más depuradas, más estéticas, libres de chabacanería, en una palabra, inquietudes que aún hoy día atormentan a veces a los católicos cultos. Junto a ello debió de concurrir también en León el Isáurico el deseo de no mostrarse inferior a sus nuevos vecinos, los musulmanes, que abominaban de toda representación de las cosas divinas, considerándola idolátrica. No era cuestión de que nadie pudiera reprochar a los griegos estar, en cuanto a la religión, en un nivel inferior al de los árabes.


Las disposiciones imperiales referentes a las imágenes fueron puestas en práctica en seguida y con el mayor rigor. La reacción en toda la Iglesia griega fue tremenda. La resistencia corrió a cargo sobre todo de los monjes. Hubo numerosos y sangrientos martirios. El patriarca de Constantinopla, san Germán, se dejó deponer por el emperador. En el conflicto de la iconoclastia, la Iglesia griega hizo gala de sus mejores facetas.

 

La resistencia fue al mismo tiempo una manifestación contra el cesaropapismo. Los teólogos escribieron vehementes alegatos en pro del culto a las imágenes, en especial el santo doctor de la Iglesia Juan Damasceno († 749), el cual, sin embargo, estaba a resguardo de las coacciones de la policía, ya que el monasterio de san Sabas de Jerusalén, donde residía, se encontraba en territorio de los califas. Los patriarcas de Alejandría, Antioquía y Jerusalén condenaron la iconoclastia, y lo mismo hizo el papa Gregorio III (731-741), después que hubieron resultado vanas las amonestaciones que su antecesor Gregorio II había dirigido al emperador. Éste replicó con represalias contra la sede romana. Sustrajo a los obispos de Iliria, Sicilia y sur de Italia a la jurisdicción del papa y los puso bajo la del patriarca de Constantinopla. Simultáneamente se incautó de los bienes que la Santa Sede poseía en dichas regiones.


La iconoclastia puede, pues, considerarse una lucha del emperador contra el papa, pero en modo alguno un conflicto entre la Iglesia griega y la latina. Muchos monjes griegos huyeron a Roma, y ello dio pie a que surgieran en la ciudad toda una serie de monasterios griegos.


El emperador siguiente, Constantino V Coprónimo (741-775), prosiguió la lucha contra el culto a las imágenes. Consiguió incluso reunir el año 754 en Constantinopla un gran sínodo, que condenó dicho culto. Pretendía al título de séptimo concilio ecuménico, pero huelga decir que no fue reconocido como a tal por el resto de la Iglesia. Tras la muerte de Constantino V, su viuda Irene ocupó la regencia y abrogó las leyes iconoclastas. El patriarca Tarasio celebró con los legados del papa Adriano I un nuevo concilio en Nicea (787), que es el legítimo séptimo ecuménico, en el que se definió la doctrina católica sobre el culto a las imágenes.
En el siglo IX el emperador León V el Armenio reintrodujo la iconoclastia. Puso en vigor los decretos del seudosínodo de 754 y depuso al patriarca Nicéforo, que se resistía a obedecerlo.

 

Siguieron nuevas violencias y martirios, y una vez más se levantaron los teólogos griegos en defensa de la doctrina católica contra el emperador; destacó ahora el santo abad del monasterio de Studion, en Constantinopla, Teodoro, que tuvo que salir para el destierro. Como la otra vez, la viuda del emperador, Teodora, puso fin a la querella (843). En conmemoración de la paz se instauró la «gran fiesta de la ortodoxia», celebrada el primer domingo de cuaresma, que aún hoy se observa en la Iglesia griega.


La disputa de las imágenes, en la que los papas hicieron causa común con la mayoría de la Iglesia griega contra las veleidades cesaropapistas del emperador, más bien contribuyó a reforzar la unidad de los griegos con Roma en la esfera eclesiástica, aunque no es menos cierto que las diferencias políticas surgidas entre el emperador y el sumo pontífice coadyuvaron a que los papas se decidieran a buscar apoyo en los reyes francos.

 

Sin embargo, la separación de la Iglesia griega poco después de resuelta la cuestión iconoclasta, obedeció a causas distintas y, en gran parte, personales. Verdad es que la ruptura venía ya preparada por un sinfín de incidentes ocurridos en los siglos anteriores; pero en modo alguno puede decirse que fuera un hecho fatal y necesario. En la historia de la Iglesia bizantina no se advierte una orientación unitaria que condujera a un extrañamiento creciente con Roma. Tanto más trágico resulta que el factor de la escisión, Focio, fuera una de las figuras más notables de la Iglesia griega, un hombre a quien sobre todo debe mucho la ciencia patrística.

 



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