Italia y los papas
Italia era tal vez, entre todos los países europeos, el que más tuvo que sufrir por efecto de las vicisitudes y turbulencias de la época llamada de las invasiones. Es cierto que la campaña del visigodo Alarico, que saqueó a Roma en el año 410, causó una impresión muy superior a los daños reales. Bajo el terror producido por esta noticia empezó en África san Agustín la composición de su gran obra de filosofía de la historia, La Ciudad de Dios. Peor fue el segundo saqueo de Roma efectuado por el vándalo Geiserico.
Con todo, Roma poseía aún la suficiente vitalidad para reponerse de semejantes descalabros. El golpe de mano del caudillo imperial Odoacro, que depuso al emperador Rómulo (476) y asumió el título de rey de Italia, causó menos perturbaciones de lo que pudiera creerse, y el gobierno de su sucesor, el ostrogodo Teodorico (489-526) fue un período de paz. Teodorico era arriano, pero se portó correctamente con los católicos y mantuvo buenas relaciones con los papas. Verdad es que a ello contribuía también el hecho de que desde 484 estaban rotas las relaciones entre el papa y Constantinopla, ya que el papa no había reconocido el Henotikón del emperador Zenón.
Aunque Teodorico pretendía pasar por un príncipe del Imperio, no veía con buenos ojos la inclinación de los italianos en favor de Bizancio. Por consiguiente, cuando en 519 el papa Hormisdas (514-523) logró convencer al emperador Justiniano y al patriarca de Constantinopla para que abolieran el Henotikón y subscribieran la profesión de fe que él les proponía, empezó el anciano rey a desconfiar de los católicos. Hizo ejecutar a los senadores Boecio y Símaco, y al sucesor de Hormisdas, el papa Juan I, le ordenó que fuera a su capital Rávena, donde murió en el cautiverio.
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