La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

Los papas, soberanos de Roma

 

linea

 

 

Si es cierto que a partir del siglo V Italia había dejado de formar parte de los pueblos hegemónicos, no puede decirse lo mismo de Roma. A pesar de contar con tan pocos habitantes y de estar en una región casi desierta, Roma seguía siendo en cierto sentido el centro del mundo. Constantinopla era diez veces mayor, podía enviar ejércitos y flotas, tenía la corte imperial y los altos magistrados del Imperio, podía gloriarse de su comercio, de su ciencia, de su arte. Roma no tenía ninguna de estas cosas. Roma vivía del papa. Roma era del papa. La Silla Apostólica se había hecho muy rica, gracias a las continuas donaciones. Poseía dominios, no sólo en las cercanías de Roma, sino en la Italia meridional, en Sicilia, y hasta fuera de Italia.

 

Los antiguos emperadores habían abastecido a Roma de trigo, haciéndolo distribuir entre la población, y esto es lo que ahora hacía el papa. La corte pontificia se semejaba a la imperial en más de un aspecto; no es que hubiera en ella los escándalos, intrigas, disputas sucesorias y asesinatos que empañaban el esplendor de la corte bizantina, pero el ceremonial cortesano era análogo en muchos puntos. El papa tenía su cancillería y su archivo, dirigidos por funcionarios especializados, a imitación de los antiguos emperadores romanos.

 

Mantenía encargados de negocios, los apocrisiarios, en Bizancio junto al emperador, y en Rávena, al lado del exarca. En diversos países había metropolitanos investidos de poderes especiales como vicarios papales: así el obispo de Arles para la Galia meridional, el de Tesalónica para la Iliria oriental y el de Salona para la occidental.


Hablando con propiedad, el papa no era aún un soberano, ni un jefe de estado. Verdadero soberano lo era sólo el emperador. Todos los demás príncipes y gobernantes, por independientes que fueran, estaban de un modo u otro encuadrados dentro del Imperio, y así también el papa. Pero de hecho, ya en el siglo VI el papa era señor de Roma en el mismo grado en que los duques longobardos eran señores de Benevento o de Espoleto. Sólo que, además, el papa ejercía la soberanía espiritual sobre la Iglesia entera, y esto lo distinguía fundamentalmente de todos los demás príncipes y señores.

Volver al índice