El monotelismo
La polémica de los «Tres capítulos» en el siglo VI no había sido, hablando con propiedad, un conflicto entre Oriente y Occidente, una disputa entre latinos y griegos. En último término, el papa estaba al lado de muchos griegos contra una parte de la Iglesia latina. Tampoco la gran disputa teológica del siglo VII, sobre el monotelismo, fue, aunque partiera de Bizancio, una lucha entre griegos y latinos.
El monotelismo era un nuevo intento de reconciliarse con los monofisitas, andando la mitad del camino. La nueva fórmula decía así: En Cristo hay dos naturalezas, la divina y la humana, pero una sola voluntad thelema. Con esto se pretendía contentar a los monofisitas, pues según la nueva fórmula una parte de la naturaleza humana de Cristo, y justamente la más importante, estaba mezclada con la divina, o mejor dicho, fundida con ella. Por otra parte, la fórmula parecía también aceptable a los católicos, pues no podían éstos afirmar que en Cristo hubiera habido dos voluntades que pugnaran entre sí.
Tampoco aquí se trataba de una mera sutileza, como gustan de afirmar quienes no saben teología, pues todo menoscabo del dogma de la unión hipostática hace inmediatamente mella en los cimientos de la fe católica. Es como si un matemático pretendiera introducir una pequeña modificación en el postulado de Pitágoras. Bastaría este hecho para pervertir la matemática entera, en todas sus aplicaciones. No es, pues, extraño que la nueva fórmula encontrara inmediatamente encarnizados adversarios entre los teólogos griegos; entre ellos destacaba Sofronio, el que más tarde fue patriarca de Jerusalén, y el monje Máximo el Confesor, el más grande teólogo de la Iglesia bizantina en el siglo VII, que era al propio tiempo un denodado campeón de la infalibilidad y la primacía del obispo de Roma.
Al lado de los monotelitas estaba el patriarca Sergio (610638) y el emperador Heraclio (610-641). Sergio acudió al papa Honorio I (625-638) y obtuvo de él un escrito concebido en términos vagos, por el que se ve que el papa no quería saber nada de una modificación del dogma católico, pero que al mismo tiempo no se había percatado bien de los peligros que el sentido real de la nueva fórmula entrañaba.
Entonces el emperador Heraclio promulgó una ley imperial, la Ekthesis (638), en la que se prescribía como regla de fe la fórmula monotelita. Pero la Ekthesis chocó contra una fuerte resistencia, sobre todo de parte de los sucesores del papa Honorio; por eso, el emperador siguiente, Constante II (641-688), la revocó y dictó una nueva ley, llamada Typus, en la que se prohibía sin más ni más para lo sucesivo toda disputa sobre la existencia en Cristo de una o de dos voluntades. Pero ya que la cuestión había sido suscitada, el magisterio eclesiástico no podía guardar silencio. El papa Martín I (649-653) en un sínodo romano declaró como
doctrina de fe la tesis católica de las dos voluntades y excomulgó a los que la negaban. Acto seguido el Emperador desterró al papa al Quersoneso, en el mar Negro, donde murió al poco tiempo. Su muerte le valió el ser venerado como mártir.
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