El nestorianismo
Antioquía, la gran metrópoli de la Siria occidental, había sido desde un principio patria de importantes teólogos. En la historia de la teología se habla de una escuela antioquena, en oposición a la escuela alejandrina. Pero no hay que pensar que en Antioquía funcionara algo así como una facultad
o institución de tipo universitario. Es verdad, sin embargo, que los teólogos antioquenos tienen un rasgo común, a saber, una cierta tendencia al racionalismo. Particularmente en la exégesis bíblica, rechazaban la interpretación alegórica desarrollada en Alejandría por Orígenes.
El gran san Juan Crisóstomo era antioqueno. Uno de sus maestros había sido Diodoro, que murió en 392 siendo obispo de Tarso, y uno de sus condiscípulos era Teodoro, el futuro obispo de Mopsuestia, en Cilicia († 428). Mientras san Juan Crisóstomo jamás se apartó de los dogmas tradicionales, Diodoro y Teodoro tentaron nuevos caminos en la especulación cristológica. Aunque cada uno a su modo, ambos intentaron resolver el problema cristológico en el sentido de que la segunda Persona divina, el Logos, se había establecido en el hombre Cristo, de manera que en éste hay que distinguir dos personas, una divina y otra humana.
Por el momento, se trataba sólo de tesis puramente académicas. Tanto Diodoro de Tarso como Teodoro de Mopsuestia, murieron como prestigiosos obispos y en paz con la Iglesia. Pero otro antioqueno, el monje Nestorio, después de ser nombrado obispo de Constantinopla en 428, puso al pueblo en contacto con las nuevas ideas teológicas, al predicar que no debía darse a María el título de Madre de Dios, ya que su maternidad se refería sólo al hombre Cristo, pero no al Logos divino que en este hombre se había alojado.
Esto suponía atacar la fe católica en uno de sus puntos más sensibles, y la excitación provocada fue en seguida muy grande. El obispo de Alejandría, san Cirilo, en la pastoral que los prelados de esta diócesis solían publicar anualmente por pascua, llamó la atención sobre la nueva herejía, informando de ella al papa Celestino I (422-433). Se requería una intervención tanto más enérgica, por cuanto el fautor de la peligrosa doctrina era nada menos que el obispo de la capital del Imperio. No anduvieron remisos en ello ni el papa Celestino ni Cirilo de Alejandría.
El 11 de agosto de 430 el papa escribió al obispo de Constantinopla, conminándole a que en el plazo de diez días después de haber recibido la carta, abjurara por escrito de su doctrina, so pena de quedar excluido de la comunión de la Iglesia católica. El documento lo envió a Alejandría, encargando a san Cirilo de llevar a cabo la gestión.
Si Nestorio se negaba a firmar la declaración que se le pedía, Cirilo debía cuidar de que se designara un nuevo titular de la sede de Constantinopla. El papa le invitaba, además, a que enviara copias del escrito en que se le daban plenos poderes, a los patriarcas de Antioquía y Jerusalén, así como al primado de Macedonia, «a fin de que sea conocida nuestra sentencia sobre Nestorio, o sea, la divina sentencia de Cristo sobre él». Ante este proceder, difícil es negarse a reconocer que los papas de la antigüedad se sentían a sí mismos como representantes de Cristo ante toda la Iglesia.
San Cirilo de Alejandría aceptó el encargo del papa y compuso doce tesis, los doce famosos anatematismos, que propuso a la firma de Nestorio. Nestorio se negó a subscribirlas y, para salir al paso a su inminente deposición, indujo al emperador Teodosio II a convocar un concilio ecuménico. Contaba con que entre los obispos faltaba unanimidad, y sobre todo se fiaba de la ayuda de Juan de Antioquía, que se había mostrado disconforme con los anatematismos de Cirilo.
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