La dieta del Dr. Dukan

 

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Las iglesias orientales separadas

 

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Más tarde, cuando los bizantinos se separaron definitivamente de la Iglesia, arrastraron también consigo a las minorías que en Egipto y Siria habían permanecido fieles a la catolicidad, con la única excepción de los maronitas del Líbano, que aún hoy forman un islote católico de unas seiscientas mil almas. Aparte de ellos quedan todavía, como resto del antiguo patriarcado de Antioquía, unos ciento cincuenta mil jacobitas


cismáticos y unos cuatrocientos mil melquitas separados (comprendidos los de América), además de unos cien mil sirios unidos (del patriarcado de Mardín, en el Tigris superior) y unos doscientos setenta mil melquitas unidos. De la Iglesia oriental siria, que en el siglo V abrazó el nestorianismo, quedan hoy ciento ochenta mil caldeos (unidos) y ochenta mil nestorianos, que siguen separados de la Iglesia. Los nestorianos de la India meridional en el siglo XVI pasaron a la confesión monofisita, y hoy cuentan con unos setecientos mil adeptos, junto a casi un millón quinientos mil católicos.

 

El número de georgianos separados se estima en unos dos millones; el de los armenios en unos tres millones quinientos mil, aunque estos nunca han pertenecido al patriarcado de Antioquía. Los armenios unidos son al menos unos cien mil, aunque no es posible dar cifras seguras tratándose de un pueblo tan disperso y víctima de tantas y tantas persecuciones, aun en los tiempos más recientes. Advirtamos que las demás cifras que hemos dado tampoco pretenden ser siempre rigurosas, sino que sólo tienen el valor de cálculos aproximados, en los que además no siempre queda claro si se incluyen los grupos emigrantes establecidos a menudo muy lejos de su país de origen, sobre todo en América.


Del antiguo patriarcado de Alejandría subsisten en Egipto casi tres millones de coptos monofisitas, junto a unos setenta y ocho mil unidos. De los melquitas egipcios, que no se separaron de la Iglesia hasta la consumación del cisma bizantino, quedan todavía unos ciento veinte mil, más algunos pocos unidos. Los monofisitas abisinios pueden calcularse en unos ocho millones, además de cuarenta y ocho mil unidos.


Así, pues, los restos de los grandes patriarcados orientales se reducen hoy a unos veinte millones de cristianos, de los cuales unos dos millones quinientos mil pertenecen a la Iglesia católica.
En valor absoluto son probablemente más de los que contaban los antiguos patriarcados en tiempo de la separación; pero hoy apenas se advierten, sumergidos entre el resto de la población, que en aquellas regiones ha experimentado un aumento enorme.
La Iglesia católica atiende con una especie de respetuoso amor estos pequeños grupos, que han conservado su fe cristiana heredada de la más remota antigüedad en circunstancias con frecuencia durísimas, y protege sus venerables ritos y usos. Es asimismo innegable que entre ellos la vida eclesiástica parece cobrar hoy nuevos bríos. No nos engañemos, empero: las grandes defecciones del siglo V significaron para la Iglesia una pérdida irreparable. Por culpa de ellas la Iglesia se vio expulsada del suelo asiático durante casi un milenio, y recluida en Europa. La conquista de Asia, y en parte también la de África, que en la antigüedad parecía estar al alcance de las manos, tuvo que ser reemprendida en la edad moderna por caminos totalmente distintos, y aun hoy puede decirse que está en sus comienzos.


Mas las consecuencias de la apostasía del Oriente no dejaron también de afectar a la Iglesia en Europa. Mientras los antiguos patriarcados de Alejandría, Antioquía y Jerusalén conservaron todo prestigio, formaron un contrapeso al excesivo poder del obispo de Constantinopla. Alejandría, sobre todo, se distinguió por su fidelidad a Roma. Pero cuando los patriarcados orientales se hundieron en la insignificancia, por la pérdida de la mayor parte de sus fieles, se formó en la Iglesia una especie de dualismo: la vieja Roma y la nueva Roma, el papa y el obispo de Constantinopla. En teoría, la primacía del papa no era negada, pero en la práctica el obispo de Bizancio se sentía demasiadas veces tentado a considerarse como el papa del Oriente. Sólo cuando se hubo extinguido el esplendor de Alejandría, Antioquía y Jerusalén, empezó el obispo de la capital imperial a designarse con el título de patriarca ecuménico.


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