La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

El VI concilio ecuménico y el anatema contra Honorio

 

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La paz fue finalmente restablecida por el emperador siguiente, Constantino IV (669-685). En el concilio de Constantinopla, el sexto ecuménico (680), repitióse lo que había sucedido en Calcedonia. Así como entonces el concilio aceptó sin cambiar un ápice la constitución dogmática de León el Grande, también ahora fue aceptada la constitución del papa Agatón (678-681). Al mismo tiempo, los fautores de la herejía monotelita, fallecidos ya, entre ellos, el patriarca Sergio y el papa Honorio, fueron declarados anatema.


Puede parecer a primera vista sorprendente que la sede romana haya dado su aprobación al anatema dictado contra Honorio. Objetivamente, el anatema no estaba justificado, ya que Honorio no había predicado ninguna doctrina falsa. Así lo había ya expuesto Máximo el Confesor, con toda la claridad deseable. Pero, dejando esto aparte, en la confirmación del anatema contra Honorio, ¿no iba implícita una negación indirecta de la infalibilidad papal? Cuando los papas siguientes, al subir al trono pontificio, pronunciaban su profesión de fe y en ella, como muestran los formularios del Liber Diurnus, nombraban también a Honorio entre los demás herejes, ¿no reconocían al menos la posibilidad de que un papa errara en cuestiones de fe?


Pero un examen más a fondo de los documentos enviados desde Roma demuestra que los papas se abstuvieron siempre cuidadosamente de contar a Honorio como uno de tantos herejes. Cada vez que se habla de Honorio se le condena siempre porque, como escribía León II en el año 682 a los obispos españoles, «no había aplastado la herejía desde sus comienzos, tal como exigía su cargo apostólico, sino que la había fomentado con su negligencia», o, según se dice en el formulario del Liber Diurnus, «por haber dado pábulo (fomentum impendit) a las perversas afirmaciones (de los herejes)».

 

La pretensión de no haber errado jamás en cuestiones de fe, la ha mantenido siempre la sede romana antes de la disputa sobre el monotelismo, durante ella y después de ella. Cuando, casi 1200 años más tarde, se discutía en el concilio Vaticano I la proclamación del dogma de la infalibilidad papal, y los adversarios de la definición pusieron sobre el tapete la llamada cuestión de Honorio, se procedió a un cuidadoso estudio de todas las fuentes documentales y se rechazó la objeción como infundada.

 

El emperador siguiente, Justiniano II (685-695) convocó un concilio en Constantinopla (692), que, como complemento de los dos sínodos ecuménicos anteriores de 553 y 680, los cuales sólo se habían ocupado de cuestiones dogmáticas, debía dictar cánones disciplinarios. De ahí que este concilio sea conocido en la historia como el quinisextum, o sea, complemento de los quinto y sexto ecuménicos, o también el Trullanum, por haberse celebrado en la misma sala rematada por una cúpula del palacio imperial, llamada Trullos en que se había reunido el sexto concilio.

 

Entre otras cosas, el Trullanum confirmó el canon 28 del concilio de Calcedonia, que concedía al patriarca bizantino jurisdicción sobre Oriente, y que ya entonces había sido rechazado por el papa. También ahora el papa Sergio I (687-701) se negó a ratificarlo. Una embajada imperial que pretendía obligar por la fuerza al papa a firmar el canon, fue expulsada, también violentamente. Tampoco esta vez se produjo el cisma, pero, lo que tal vez fuera aún peor, la gente se habituó poco a poco a que entre Roma y Bizancio quedaran cuestiones eclesiásticas sin resolver, y que la desobediencia franca no provocara reacción alguna.


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