Alejandro II (1061-1073)
Tras la temprana muerte de Nicolás II, fue elegido, según la nueva ley electoral, el obispo de Luca, Anselmo, con el nombre de Alejandro II. La regencia alemana no reconoció la elección y nombró como antipapa al obispo de Parma, Cadalo, el cual, bajo el nombre de Honorio II, consiguió apoderarse de Roma con ayuda de las tropas alemanas. Pero Italia se mantuvo fiel a Alejandro II, gracias a la acción de Pedro Damián, y cuando el poderoso arzobispo de Colonia, Anno, ganó también Alemania para la causa del papa legítimo, el antipapa tuvo que retirarse. Los tiempos habían cambiado. No habían pasado aún veinte años desde que Enrique III depusiera a tres papas sin que nadie osara protestar.
Alejandro II pertenecía al partido de los reformistas rigurosos. Siendo presbítero de Milán, había provocado un movimiento popular llamado «Pataria» contra los clérigos simoníacos e incontinentes. Una vez papa, llamó a Roma a los jefes de la «Pataria», que se había extendido también a otras ciudades de Lombardía, el diácono Arialdo y el caballero Herlembaldo, aprobó su acción en el consistorio y confió a Herlembaldo la bandera de la Iglesia.
¡Singular proceder! Un papa excitaba a los seglares a que se rebelaran contra la jerarquía. Pero el movimiento reformista había invadido amplias capas de la población, y ni Alejandro II ni sus amigos Pedro Damián y Hildebrando tenían la menor intención de darle el alto. Alejandro II hizo abundante uso de los poderes papales, sin acepción de personas. Al joven rey Enrique IV, que acababa de casarse y ya se quería divorciar, le amenazó con la excomunión. Al inflexible Anno de Colonia, a quien tanto debía, lo citó ante su tribunal.
En 1071 consagró Alejandro II la nueva basílica de Montecasino, Estaban presentes, además de numerosos obispos y cardenales. Pedro
Damián y Hildebrando, el abad Desiderio y los príncipes de la Italia meridional, normandos y longobardos, Ricardo de Capua, Landulfo de Benevento, Gisulfo de Salerno. Era como una revista de los incondicionales. Sólo en la ciudad de Roma Alejandro II se veía impotente contra los barones. Tuvo que mirar inactivo cómo los Cenci cerraban el puente de Santángelo y percibían allí un derecho de pontazgo. También esto era simbólico. Los papas volvían a ser auténticamente papas que regían la Iglesia entera, pero seguían sin ser dueños de Roma. De los pontífices siguientes, muchos residieron fuera de la urbe.
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