La dieta del Dr. Dukan

 

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Cluny

 

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La historia de la Iglesia podría compararse con una sinfonía construida en forma de fuga: en determinados momentos se da entrada a nuevas voces, a nuevos instrumentos que por un tiempo parecen tomar la dirección del conjunto, hasta que se funden en la creciente sonoridad del coro general. Una de las voces, que al principio parecía sonar en el desierto y que con el tiempo llegó a llenar todo el mundo entonces conocido, fue la del monasterio de Cluny.

 

Cluny está situado (o estaba, pues hoy apenas quedan restos de él, ya que su gigantesca basílica románica fue destruida, en tiempos de la Revolución francesa) unos ochenta kilómetros al norte de Lyon, no muy lejos de Luxeuil y de la región donde se levantaron más tarde el Cister y luego Prémontré. Es curioso que los grandes impulsos monásticos surgieran precisamente en esta región. Verdad es que en la Edad Media estaba, por decirlo así, en el corazón de Europa. Pero de seguro que no se les ocurrió a los monjes aprovecharse de las facilidades de comunicación. Lo que buscaban era la soledad y fundaron sus claustros lo más lejos posible de las grandes vías de tránsito.


Cluny fue fundado en 910 por el duque Guillermo de Aquitania. Según el documento de fundación, el nuevo monasterio no debía estar sometido a ningún señor ni temporal ni espiritual, sino sólo a la Sede Apostólica, en signo de lo cual venía obligado a pagar un tributo feudal de carácter típicamente medieval: cinco guldas de oro cada cinco años, para mantener las lámparas que ardían en Roma ante el sepulcro del príncipe de los apóstoles. Que un monasterio dependiera directamente de la Santa Sede, no constituía ninguna novedad. Sin embargo, ahí estaba uno de los gérmenes de la futura grandeza de Cluny, y uno de los puntos de su futuro programa.




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