La dieta del Dr. Dukan

 

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El conflicto con Enrique IV

 

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Que se llegara a un conflicto con el rey alemán, dependió menos de la naturaleza de la cuestión en sí que del carácter de Enrique IV. Cuando la entronización de Gregorio el rey contaba veintitrés años. Una educación mal dirigida y una disposición aún más defectuosa no le dejaron alcanzar nunca una plena madurez. No conocía contención alguna. Sin que la situación lo justificara, se exaltaba en gestos altaneros y retadores, o se deprimía en humildades y desánimos.

 

Lo que le faltaba de energía, intentaba compensarlo con astucia. A un hombre así, hoy lo calificaríamos de histérico. Era un hombre tan incapaz de reinar, como de poner freno a su propia sensualidad. Los contemporáneos no le profesaban ningún respeto, y ni los nuevos historiadores que intentan a toda costa presentarlo como un inocente perseguido, consiguen hacer de él un gran hombre. Por lo único que Enrique IV merece nuestra simpatía, como hombre, es porque casi todas sus empresas fueron desdichadas.

 

Al principio de su gobierno Enrique IV no se cansó de asegurar que observaría la tan repetida y encarecida prohibición de la investidura laica. La cosa ofrecía en Alemania una especial dificultad de hecho, pues los obispos eran al propio tiempo funcionarios y príncipes del Imperio. Era evidente que el rey no podía conferir ninguna jurisdicción eclesiástica. Pero tampoco se le podía exigir que pasara por que el papa nombrara a sus más altos vasallos. Que era posible hallar una solución, lo demostró más tarde el concordato de Worms.

 

Cómo Gregorio VII concebía la manera de resolver el problema, no podemos decirlo. Con todo, el conflicto no estalló sobre la cuestión de principio, sino a propósito de un caso concreto, cuando Enrique IV, sin consultar al papa, nombró en 1075 un nuevo arzobispo para la sede de Milán. El arzobispo de Milán no era un príncipe del Imperio en el sentido en que lo eran el de Maguncia o el de Colonia. Se trataba de una clara intromisión en la esfera eclesiástica, que el rey había planeado con carácter de reto y que en todo caso debía ser sentida como a tal por el papa. Gregorio VII envió una carta concebida en términos muy duros y amenazó con la excomunión.


Por su parte, Enrique IV procedió como si esto fuera una inaudita provocación del pontífice. En 1076 reunió en Worms a veintiséis obispos y, sin pararse en barras, declaró depuesto al papa. Escribió una carta al «seudomonje Hildebrando», que sólo puede calificarse de explosión de rabia infantil. Cuando este escrito llegó a Roma en febrero de 1076, Gregorio VII dictó la excomunión contra Enrique IV y desligó a sus súbditos del juramento de fidelidad.


No era éste el primer caso en que un papa excomulgaba a un príncipe por infracción abierta de algún precepto divino o eclesiástico. Así Nicolás I había excomulgado al rey franco Lotario por causa de su concubina Waldrada, sin que nadie le discutiera el derecho a hacerlo. Pero en el caso presente era de prever que Enrique IV no se sometería y acaso adoptaría medidas de violencia contra el pontífice. En caso de llegarse a las armas, Gregorio VII sólo podía contar con unos pocos aliados: la «Pataria» lombarda, la marquesa Matilde de Toscana y Roberto Guiscardo con sus normandos.


Pero de momento no se llegó a la guerra, pues los príncipes alemanes se pusieron de lado del papa. En el Reichstag celebrado en Tribur junto a Maguncia en octubre de 1076, acordaron que el rey debía abstenerse temporalmente del gobierno, y si dentro un año no se le levantaba la excomunión, perdería la corona. Al propio tiempo invitaban al papa a trasladarse a Alemania.

 



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