La dieta del Dr. Dukan

 

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El cisma bizantino

 

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En este mismo año de 1053, el patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario, rompió inesperadamente las hostilidades contra los latinos. Ordenó el cierre de todas las iglesias y monasterios latinos de Constantinopla, y difundió sañudas acusaciones contra toda la Iglesia occidental. León IX envió una legación a Bizancio, compuesta por el obispo Humberto de Silva Cándida y el abad de Montecasino, Esteban de Lorena.

 

El emperador los acogió amistosamente, pero el patriarca les negó la comunión. En vista de ello, depositaron una bula de excomunión sobre el altar de Santa Sofía (16 de julio de 1054) y emprendieron el regreso. El suceso produjo escasa impresión, al menos en Occidente. Estos conflictos con el patriarca bizantino se habían convertido ya en cosa habitual. Nadie pensaba entonces que esta vez hubiera que esperar más de 200 años para ver restablecida la unión, y aun sólo de un modo transitorio.


León IX murió el 19 de abril de 1054. Sucedióle Gebardo, obispo de Eichstätt, con el nombre de Víctor II. Junto con el emperador celebró un sínodo en Florencia, también éste contra la simonía y las infracciones del celibato. En Francia hizo celebrar sínodos análogos por intermedio de Hildebrando. Bajo su pontificado falleció el emperador Enrique III, antes de cumplir los cuarenta años. En su lecho de muerte, nombró al papa vicario del Imperio. Víctor II coronó en Aquisgrán como rey de Alemania a Enrique IV, aún menor de edad.


Enrique III había sido un soberano de excepcionales dotes y amplios horizontes, y además personalmente serio y piadoso. La Iglesia le debe una gran gratitud. Él devolvió al papado su puesto dentro de la cristiandad. Además, la protección a la Iglesia no era para él, como fue para sus sucesores, sinónima de dominio de Italia. Su conducta fue, pues, muy distinta de la de sus sucesores, sobre todo los Staufer, cuya política de expansión en Italia acarreó la ruina del Imperio. Por otro lado, la manera como disponía a su antojo del papado, nombrando y deponiendo pontífices, aunque dadas las circunstancias resultaba tolerable y aun benéfica, no podía continuarse indefinidamente. Desde que los papas volvían a ser lo que debían, aunque fuera gracias al cuidado del emperador, no necesitaban ya de tutela alguna.

 

Era, pues, inevitable que el gran movimiento de emancipación de la Iglesia, que partiendo de Cluny había ido ganando paso a paso la cristiandad entera, se volviera también finalmente contra la excesiva influencia del emperador sobre la elección papal. Sinceramente adicto a la Iglesia como era Enrique III, acaso la cuestión hubiera podido resolverse sin conflicto, de haber vivido aquél más tiempo.



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