El colegio cardenalicio
La composición del colegio de los cardenales era entonces muy distinta de la actual. Originariamente se llamaban cardenales los presbíteros de las iglesias titulares romanas, los que más tarde fueron párrocos, así como los siete diáconos. Firmaban las actas sinodales después del papa y de los seis obispos suburbicarios. Por consiguiente, en los primeros tiempos de la Edad Media, el cardenalato no era todavía un título honorífico, y la expresión se encuentra también fuera de Roma.
En el siglo XI empezaron los papas a llamar a Roma a clérigos extranjeros eminentes, sobre todo monjes de la reforma cluniacense, y a darles el título de cardenal, confiriéndoles al efecto o una iglesia romana o un obispado suburbicario. La costumbre de hacer cardenales a prelados extranjeros que no residieran en Roma, no aparece hasta el siglo XII. El primer ejemplo conocido es el de un arzobispo de Maguncia en el año 1163. La dignidad cardenalicia adquirió la importancia que le es propia al recibir el derecho exclusivo de elegir al papa. Los sucesos ocurridos después de la muerte de Esteban X dieron pie a la concesión de esta prerrogativa.
Por última vez intentaron los tusculanos, esta vez aliados con los Crescencios, apoderarse de la silla de san Pedro. Los cardenales no estaban dispuestos a reconocer al pontífice nombrado por ellos, Benedicto X, y abandonaron Roma. En Siena, bajo la protección de la marquesa de
Toscana, fue elegido el papa legítimo: Gerardo, obispo de Florencia, que tomó el nombre de Nicolás II (1059-1061). La marquesa de Toscana, Beatriz, había casado en segundas nupcias con el duque de Lorena Godofredo el Barbudo, hermano de Esteban X. Ella, y aún más su hija Matilde, fueron uno de los principales apoyos de la Santa Sede en su lucha por la independencia. Hildebrando instauró al nuevo papa en Roma por la fuerza de las armas y expulsó a Benedicto X.
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