La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

El feudalismo

 

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El antiguo Imperio romano había sido un estado de funcionarios. El poder del emperador descansaba en el hecho de reunir en sus manos las atribuciones de los magistrados superiores. Era comandante supremo del ejército —esto es lo que significa el título de Imperator—, juez supremo, jefe de la administración civil y de la Hacienda. El soberano medieval no era, en cambio, un funcionario, sino un terrateniente. El país, el suelo, pertenecía al rey. Sólo que éste no se cuidaba de administrarlo directamente, sino que lo confiaba como beneficium, como feudo, a sus vasallos, los cuales venían obligados en cambio a prestarle servicios, sobre todo en la guerra.

 

El vasallo podía a su vez pasar a otro su beneficium, adquiriendo así sus propios vasallos. Semejante relación de vasallaje podía ser muy laxa. Nos enfrentamos, pues, en la Edad Media con un concepto de Estado totalmente distinto del anterior, o, mejor dicho, no existe en ella propiamente un estado, sino una multiplicidad de grandes y pequeños señores territoriales que están entre sí en las más diversas, y variables relaciones jurídicas, y a veces totalmente desvinculados de los demás.

 

De ahí que los mapas políticos de nuestros modernos atlas históricos sean, a menudo, totalmente engañosos, cuando pintan de un solo color grandes territorios, dando la impresión de que en cada momento dado pudiéramos decir con una sola ojeada si «Italia» o «Borgoña» o «Aquitania» pertenecían a «Francia» o a «Alemania». Las relaciones feudales se entrecruzaban constantemente. Un príncipe podía ser feudatario de otro en cuanto a una determinada pieza de territorio, y acaso el segundo lo fuera del primero con referencia a otras tierras. No sólo se daban en feudo tierras, sino también derechos, aduanas, usufructos.

 

En el antiguo estado de funcionarios el peligro que amenazaba a la Iglesia era el de ser incorporada a la jerarquía administrativa, de modo que los obispos se convirtieran en empleados estatales. La Iglesia bizantina cayó víctima de este peligro. Nada semejante era de temer en la Edad Media occidental; pero sí había el riesgo de que los obispos, abades y párrocos pasaran a ser vasallos de los grandes o pequeños señores.




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