La dieta del Dr. Dukan

 

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El fin de Gregorio

 

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Los príncipes alemanes no hicieron caso de la absolución de Enrique IV. En el Reichstag de Forchheim, celebrado en marzo de 1077, eligieron a un nuevo rey, el duque Rodolfo de Suabia. Los dos rivales se declararon la guerra. Gregorio VII se puso al lado de Rodolfo, y como no se viera el menor síntoma de que fueran a cumplirse las promesas hechas en Canosa, volvió a excomulgar a Enrique. Pero éste contaba aún con partidarios, y Rodolfo cayó en la batalla que los dos libraron. El nuevo pretendiente, Hermano de Salm, no pudo llevar adelante su causa.

 

Enrique, ensoberbecido por el éxito, descargó sus iras contra el papa. En un sínodo celebrado en Brixen, se decretó la destitución de Gregorio y se nombró un antipapa, el arzobispo de Ravena, Wiberto, que tomó el nombre de Clemente III. Enrique IV marchó contra Italia, pero no pudo ocupar Roma hasta 1083, y hasta el año siguiente no cayó en su poder San Pedro y la ciudad leonina. Gregorio VII se hizo fuerte en el castillo de Santángelo.

 

El excomulgado rey se hizo coronar emperador por su antipapa. Finalmente acudió Roberto Guiscardo con sus normandos, expulsó a los alemanes y liberó al papa. Pero los liberadores se portaron en la ciudad tan abominablemente, que las iras populares se volvieron contra Gregorio VII. Éste tuvo, pues, que marcharse con los normandos y se retiró a Salerno, donde murió el 25 de marzo de 1085. Según su biógrafo Pablo de Bernried, al morir recitó las palabras del salmo 44: «He amado la jus­ticia y odiado la maldad», pero en vez de proseguir: «por esto Dios me ha ungido con el óleo de la alegría», terminó con las amargas palabras: «por esto muero en el destierro.»


Sin duda que en el momento de su muerte Gregorio VII vio demasiado negra la situación. Su descalabro exterior no significaba el fracaso de la gran obra de reforma. Ni siquiera la derrota exterior era tan grave como parecía. Después de su aventura romana, Enrique IV no era más poderoso que antes. En cambio, el prestigio moral del papado había ascendido de un modo increíble. Hay que pensar que apenas hacía veinte años que Enrique III había expulsado de la silla de san Pedro al indigno Benedicto IX, el muchacho Teofilacto. Ahora, a los ojos de toda la cristiandad, el amargado anciano que moría en Salerno, era realmente el vicario de Cristo en la tierra.

 



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