La dieta del Dr. Dukan

 

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El siglo oscuro del papado

 

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Para desdicha de los papas de este tiempo, les falló incluso el Imperio, que de acuerdo con la idea que lo informaba era el encargado de aportar al papado la protección y seguridad en caso necesario. El imperio de Carlomagno fue dividido entre sus numerosos sucesores, perdiendo así todo su poder. La corona imperial pasaba de un príncipe a otro. Con Carlos III el Gordo, que en 887 fue destronado por los príncipes, se extinguió la descendencia masculina de Carlomagno. El papa Formoso (891-896) coronó emperador a Guido, duque de Espoleto, que por línea materna era bisnieto de Ludovico Pío. Contra él y su hijo, Lamberto de Espoleto, se levantó Arnulfo, duque de Carintia, descendiente también de Ludovico Pío, aunque por línea bastarda, y reclamó para sí la corona. Formoso se vio obligado a coronar también emperador a Arnulfo (893).


A partir de entonces hizo estragos en Roma una interminable guerra civil entre espoletanos y antiespoletanos, entre partidarios del papa Formoso y sus adversarios, aun mucho después de fallecido este papa. Con todo esto se perdió por completo de vista la cuestión del Imperio. Toda la atención estaba puesta en las contiendas y rivalidades de las familias romanas, que nombraban papas a sus propios miembros e intentaban destronar a los papas erigidos por las familias adversarias. La confusión llegó a tales extremos, que de algunos de tales pontífices, que a veces sólo lo fueron durante unas semanas o aun días, no conocemos sino los nombres, y ni siquiera estamos siempre seguros de que fueran papas legítimos.


Esta incerteza viene también de la ausencia de fuentes documentales. No había ni que pensar en llevar las actas al día, y nadie se ocupaba de escribir historias. Hay motivos para dudar de que todos estos papas supieran leer y escribir. La única fuente escrita conservada es la obra de Luitprando de Cremona, que vivía muy alejado de Roma, un charlatán insípido que sólo se interesa por las chismorrerías, sin nada positivo.


Una anécdota relativamente bien documentada, que pinta gráficamente la barbarie de la época, es la del papa Esteban VI, que hizo desenterrar el cadáver de Formoso, lo juzgó ante un tribunal y lo arrojó luego al Tíber. Poco después el propio Esteban fue estrangulado en la cárcel.