La dieta del Dr. Dukan

 

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Fin de la lucha por las investiduras

 

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Quedaba aún por resolver el conflicto con el rey alemán sobre la investidura. Con los demás países no había sido difícil llegar a un modus vivendi aceptable por ambas partes. Con Francia en 1098 Urbano II había concertado un convenio, en virtud del cual el rey renunciaba a conferir el anillo y el báculo, o sea a nombrar a los obispos; en compensación el papa le reconocía el derecho de confirmar los nombramientos efectuados por vía canónica e investir a los elegidos con los bienes anejos al cargo. En cambio, el nuevo rey alemán, Enrique V, no tenía la menor intención de renunciar a sus pretensiones, a pesar de haber hecho al papa las más halagüeñas promesas, cuando no estaba aún seguro de su corona y necesitaba el apoyo de la Santa Sede. Pascual II estaba decidido a resolver a toda costa y de una vez para siempre el enfadoso conflicto.

 

Cuando Enrique V vino a Roma para recibir la corona imperial, el papa propuso que los obispos renunciaran simplemente a poseer feudos del Imperio. En tal caso dejaban de ser vasallos del rey, y éste no tenía ya motivo para inmiscuirse en los asuntos eclesiásticos. Venía casi a ser lo que hoy llamaríamos una separación de la Iglesia y del Estado. Pero semejante cosa era irrealizable en la Edad Media. La propuesta hacía honor al idealismo del papa, pero demostraba también que éste, recién salido del claustro, no tenía idea alguna de cómo estaban las cosas en Alemania. Por consiguiente, los obispos alemanes rechazaron el proyecto con la mayor indignación, y en el sínodo celebrado en San Pedro se produjeron escenas tormentosas.

 

En vista de ello, Enrique V acudió a los más expeditivos procedimientos: hizo prisionero al papa y le arrancó por la violencia el consentimiento a la investidura sin limitaciones. En cuanto Enrique hubo vuelto la espalda, el papa revocó la concesión a que se le había coaccionado. El emperador desanduvo el camino y sitió al papa en Roma. Durante la lucha murió Pascual II.

 

En su lugar fue elegido Gelasio II, un benedictino de Montecasino, que desde Gregorio VII venía a ser el quinto papa de la observancia cluniacense. Se retiró a Gaeta, huyendo del emperador, y cuando fue Enrique a asediarle también allí, lo excomulgó y huyó a Cluny. Allí falleció, un año apenas después de su elección.

 



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