Los condes de Túsculo
Entre las familias romanas que se disputaban el papado, alcanzó una especial importancia la de los condes de Túsculo (Frascati). Alberico II, conde de Túsculo, desde 932 hasta su muerte en 954, fue principe de Roma con el título de «Princeps et senator». Su hermano Juan XI fue papa (931936). Alberico era un hijo de su bárbara época, pero un buen gobernante. Después de fallecido su hermano, elevó al pontificado al excelente benedictino León VII (936-939), quien llamó a Roma al gran abad Odón de Cluny y emprendió con él una reforma de la vida monástica.
Alberico le regaló el monasterio de los santos Alejo y Bonifacio en el Aventino, que pronto envió misioneros hacia los eslavos del Norte. Como vicario suyo en Alemania nombró León al arzobispo de Maguncia. Sobre todo se reanudaron las relaciones con las iglesias extranjeras, que desde Formoso habían quedado poco menos que interrumpidas. Agapito II (946-955) convino con el rey alemán Otón I la organización eclesiástica en Sajonia.
Antes de morir Alberico recomendó que se eligiera papa a su hijo Octaviano. Dadas las circunstancias, mejor era que el poder temporal y el espiritual estuvieran en Roma reunidos en una misma mano. Lo malo fue, sin embargo, que Octaviano, que tomó el nombre de Juan XII (955-964), al tiempo de su elección no contaba más de dieciocho años, y aún más tardé no dio muestras de haber sentado la cabeza. Un paso importante de Juan XII fue el de invocar la ayuda del rey alemán Otón I, para defenderse de su enemigo Berengario de Ivrea, que se había erigido en rey de Italia. Otón llegó a Roma en 961 y Juan XII le coronó emperador. Sus últimos predecesores habían sido emperadores sólo de nombre, y desde 915 ni siquiera se había celebrado coronación alguna.
Ahora el papado disponía otra vez de un verdadero defensor, y la verdad es que Otón I y sus sucesores de las dinastías sajona y salia fueron hombres no sólo extraordinariamente capaces, sino también profundamente religiosos y atentos siempre al bien de la Iglesia. Si el papado pudo remontar lentamente el abismo en que había caído en el siglo X, fue en gran parte el mérito de estos soberanos, a pesar de la arbitrariedad de que dieron pruebas en algunos de sus actos. Hay que reconocer, no obstante, que por el momento la coronación del rey alemán no hizo sino agravar la confusión. Apenas Otón había vuelto la espalda, cuando el frívolo Juan XII empezó a conspirar contra él. Otón regresó a Roma, el papa escapó y el emperador le declaró depuesto de su cargo; en su lugar hizo elegir a un León VIII. Pero en cuanto se hubo vuelto a marchar Otón, los romanos expulsaron a su papa y llamaron a Juan XII; éste se vengó sangrientamente de sus enemigos, pero murió al poco tiempo. Fue éste uno de los papas más indignos que ha habido, incluso en su vida privada.
En su lugar los romanos eligieron a Benedicto V, llamado el Gramático, o sea, el «instruido», sobrenombre significativo, y que indica cuán rara era la cultura en aquel tiempo. Pero el emperador se presentó una vez más en Roma, volvió a entronizar a su León VIII y desterró a Benedicto V a Hamburgo, donde murió en olor de santidad.
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