Los crescencios
Después de la pronta muerte de León VIII, la familia de los Crescencios, que era entonces la más destacada en Roma, erigió papa a Juan XIII (965-972). Éste se mantuvo adicto a Otón y coronó emperador al hijo de éste, Otón II. Mas después de él no tardaron en estallar nuevos escándalos. Los Crescencios hicieron dar muerte a Benedicto VI (973-974) y nombraron pontífice a Bonifacio VI. La cifra VI ha sido casi siempre de mal agüero para los papas. Bonifacio VI, que estaba complicado en el asesinato de su antecesor, al tener noticia de que se acercaba Otón II, huyó a Constantinopla con las arcas del tesoro. Vuelto a partir el emperador, Bonifacio regresó a Roma, encerró en el castillo de Santángelo al papa que en su ausencia había sido elegido, Juan XIV, un hombre digno, y lo dejó morir de hambre; también él murió al poco, repentinamente.
Los enfurecidos romanos colgaron su cadáver en la estatua de Marco Aurelio, que antes estaba ante la basílica de Letrán y ahora está en la plaza del Capitolio. Su sucesor Juan XV (985-996) fue expulsado por los Crescencios; lo devolvió a Roma la viuda de Otón II, la princesa bizantina Teófanes. Empezó entonces para el papado una época de mayor tranquilidad.
Debemos guardarnos de juzgar estos inauditos escándalos con un criterio moderno. El menor de los trastornos sufridos entonces por la sede apostólica tendría hoy consecuencias inimaginables para el conjunto de la Iglesia. Pero en aquellos tiempos la Iglesia no tenía enemigos, ni había movimientos antirreligiosos. Por otra parte, tampoco hay que pensar que los escandalosos sucesos de Roma dejaran indiferente al resto de la cristiandad.
En un sínodo celebrado en Reims el año 991, un obispo sacó a colación el estado de cosas que prevalecía en Roma, y sobre todo los crímenes de Bonifacio VI, que por cierto eran ya viejos de casi veinte años, y exclamó: «Un papa que no tuviera caridad, y sólo estuviese hinchado de ciencia, sería un Anticristo. Pero si no tiene ni caridad ni ciencia, está en el templo de Dios como si fuera un ídolo. ¿Qué instrucciones hemos de pedir a un bloque de piedra?»
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