La dieta del Dr. Dukan

 

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Los papas después de Carlomagno

 

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En la época inmediatamente posterior a Carlomagno, este descenso del prestigio papal no era aún visible, en parte gracias a las poderosas personalidades que en el siglo IX ocuparon la sede de san Pedro: León IV, Nicolás I, Adriano II y Juan VIII.
León IV (847-855) tuvo que defenderse sobre todo de los sarracenos. En 849 obtuvo una brillante victoria naval sobre los árabes
delante de Ostia. Ello le permitió construir en la antigua Civitavecchia un nuevo puerto fortificado, que llamó Leópolis. Todavía en 846 los sarracenos habían llegado en sus correrías hasta las puertas de Roma, llegando a saquear las basílicas de los apóstoles. León IV amuralló la región del Vaticano, que fue incorporada al distrito de Roma como «ciudad de León».


Nicolás I (858-867), celebrado por sus contemporáneos como «un segundo Elias», sometió a la obediencia a muchos obispos levantiscos, como el de Ravena y al orgulloso, aunque muy capaz, Hincmaro de Reims. Excomulgó al rey de Francia Lotario, por negarse a dejar su concubina Waldrada. Intervino en las turbulencias de la Iglesia bizantina, al tomar partido en pro de Ignacio contra Focio. A los búlgaros, que se habían establecido al sur del curso bajo del Danubio y habían abrazado el cristianismo, les envió misioneros con instrucciones dogmáticas que son también interesantes para la historia de la Teología.


Adriano II (867-872) intervino con sus delegados en el octavo concilio ecuménico de Constantinopla del año 869, en el que Ignacio fue repuesto en su sede episcopal, pero no pudo evitar que el mismo Ignacio apartara a los búlgaros de Roma y los atrajera hacia Constantinopla. Para ello Ignacio eligió en calidad de legado a san Metodio, que anteriormente había actuado como misionero entre los eslavos por encargo del emperador, y le nombró arzobispo de Sirmio (Mitrovitza, en el Save). Metodio y su hermano Cirilo eran oriundos de Salónica. Después de una pasajera actividad entre los kázares turcos de Crimea, en 863 se trasladaron a Moravia. Celebraban la liturgia en lengua eslava, a la cual dotaron de una escritura propia, el alfabeto glagolítico. Nicolás I los llamó a Roma para que rindieran cuentas de su misión, y allí murió Cirilo.

 

Adriano II volvió a enviar a Metodio a Moravia, aceptó el eslavo como lengua eclesiástica y protegió al misionero contra las asechanzas de los obispos bávaros de Ratisbona y Passau, los cuales habían hecho ya algunos intentos de evangelización en Bohemia y Moravia e invocaban por tanto derechos más antiguos sobre aquellas regiones. El eslavo eclesiástico desapareció luego en Bohemia y Moravia, mientras se introducía entre los búlgaros, servios y finalmente entre los rusos.


Juan VIII (872-882) después de la muerte de Ignacio reconoció a Focio como patriarca, pero rechazó el concilio de 879 con sus decretos antirromanos inspirados por aquél. Volvió a llamar a san Metodio a Roma, y le protegió contra las acusaciones de los bávaros. Juan VIII fue el último gran papa de este tiempo. Después de él empieza para el papado aquella tenebrosa época, el saeculum obscurum, llamado también el siglo de hierro por los historiadores italianos, aunque «hierro» no indica aquí que se tratara de un tiempo belicoso y heroico: las circunstancias eran muy precarias, y las turbulencias no eran obra de héroes sino de enanos.