La dieta del Dr. Dukan

 

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Nuevo dominio de los tusculanos

 

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Tras la prematura muerte de Otón III (1002) volvió a estallar en Roma la discordia entre los condes de Túsculo y los Crescencios, que ya habían promovido alborotos bajo Gregorio V, y que ahora llegaron hasta erigir un antipapa. Pero el nuevo emperador Enrique II impuso el papa legítimo, Benedicto VIII (1012-1024), de la familia de los tusculanos. Benedicto VIII coadyuvó a la victoria naval que písanos y genoveses obtuvieron sobre los sarracenos en Luna, gracias a la cual se arrebató Cerdeña a los musulmanes.

 

En 1020 el papa se trasladó a Alemania y consagró la catedral de Bamberga, fundada por Enrique II. Luego, en compañía del emperador, celebró un sínodo en Pavía, en el que se insistió sobre el celibato de los clérigos. También se dictaron decretos contra la simonía, o sea la concesión de órdenes sagradas a cambio de dinero u otras ventajas. Bajo este concepto de simonía se fueron poco a poco com­prendiendo todos los abusos a que había dado lugar la dependencia feudal de la Iglesia y que finalmente habían de desembocar en la cuestión de las investiduras.


Los condes de Túsculo volvían a ser, como cien años atrás, los dueños de Roma. El hermano de Benedicto VIII, Alberico, regía la ciudad con el título de cónsul. Muerto Benedicto VIII, un tercer hermano fue elegido papa con el nombre de Juan XX. Éste coronó emperador a Conrado II.

 

A las fiestas de la coronación asistieron los reyes Rodolfo III de Borgoña y Canuto de Dinamarca e Inglaterra. Por lo demás, lo que sobre todo interesaba a Juan XX era dinero. El emperador bizantino Basilio II se lo ofreció si reconocía al patriarca de Constantinopla el título de «patriarca ecuménico», que los pontífices anteriores le habían negado siempre. Juan XX no hubiera tenido reparos en hacerlo, pero al fin se echó atrás ante la indignación de los cluniacenses. Después de su muerte en 1033, la familia de los condes de Túsculo, que a cualquier precio quería ver ocupada la Silla de san Pedro por uno de los suyos, hizo papa al hijo de Alberico, Teofilacto, que no contaba más que trece años.

 

El muchacho, que tomó el nombre de Benedicto IX, fue a poco expulsado por los romanos; pero el emperador Conrado II lo repuso, pues al fin y al cabo él era el legítimo papa. Siguió una nueva expulsión y un nuevo regreso. Finalmente, para poner término al escándalo, el rico arcipreste de San Juan «in Porta Latina», Juan Graciano, le prometió una generosa pensión si abdicaba, y así lo hizo Benedicto IX, contra el cual sus adversarios habían ya designado a un antipapa, Silvestre III.



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