Los sucesores de Gregorio
Después de la muerte de Gregorio, nadie quería ser papa. Por dos veces eligieron los cardenales al abad de Montecasino, Desiderio, pero éste no aceptó hasta la tercera. Inmediatamente de haber aceptado, ya pensaba en abdicar. Roma estaba medio destruida. El papa se encontraba sin recursos. No en vano algunos de los últimos papas habían conservado sus anteriores obispados: Clemente II, Bamberga; Víctor II, Eichstätt; Alejandro II, Luca, para tener algunas rentas que les permitieran vivir. Desiderio, o Víctor III, como al fin se llamó, como abad de Montecasino era rico, y llegó al extremo de prometer el pago de una renta al que quisiera librarle de la tiara. Esto era casi simonía, aunque en sentido inverso. Jamás hubo papa que lo fuera tan a disgusto. Sin embargo, Víctor III, que ya bajo Gregorio VII y sus predecesores había sido una columna de la reforma, no dejaba lugar a dudas de que pensaba seguir por el camino de Gregorio VII. Por desgracia, falleció en 1087.
Fue elegido otro benedictino, el francés Urbano II (1088-99). Había sido novicio en Cava y más tarde prior en Cluny. Gregorio VII le había llamado a Roma, dándole el título de cardenal. El historiador Gregorovio compara a Urbano II con Augusto y a Gregorio VII con César; la comparación sólo es exacta en cuanto la suerte de Urbano, como heredero, fue más feliz que la de su predecesor, con ser éste más grande que él. Pero en todo lo demás son dispares los nombres comparados, pues ni los más grandes papas medievales tuvieron nada en común con los fundadores de imperios o los soberanos temporales. Justamente Urbano II tuvo que residir la mayor parte del tiempo fuera de Roma, junto a los normandos o en Francia, porque la urbe estaba ocupada por el antipapa Clemente III.
Urbano II hizo aún más rigurosa las disposiciones contra la simonía y la investidura laica. Excomulgó al rey de Francia Felipe I, que había repudiado a su mujer y raptado a otra. El rey se sometió, pero reincidió luego en su conducta y fue de nuevo excomulgado por Pascual II. Los españoles habían reconquistado en 1085 Toledo, la antigua capital del reino, y Urbano II devolvió el título de primado de España al obispo de aquella ciudad. Al conde Roger de Sicilia le dio aquella bula que, mal interpretada luego de intento o no por los reyes sicilianos, dio pie a las conocidas pretensiones de éstos sobre los estados de la Iglesia, bajo el nombre de Monarchia Sicula. Pero si Urbano II ocupa un lugar destacado en la historia universal, es sobre todo por haber dado vida al gran movimiento de las cruzadas. Por medio de una tropa de cruzados consiguió al fin, en 1095, expulsar de Roma al antipapa Clemente III.
Mientras Urbano II regía la Iglesia desde su alta atalaya y se ponía al frente de todos los soberanos europeos en el movimiento de las cruzadas, Enrique IV residía casi olvidado en el norte de Italia, generalmente en Verona, siempre a la greña con las tropas de la marquesa Matilde. Esta fiel princesa, que apoyaba a Urbano II con la misma decisión con que había defendido a Gregorio VII, no había tenido empacho en casarse con el duque de Baviera, güelfo, que era veintisiete años más joven que ella, con el fin de ganarlo a la causa del papa. Hasta 1097 no regresó Enrique a Alemania. Consiguió todavía dominar la rebelión de su hijo mayor Conrado pero al final se alzó también contra él su segundo hijo Enrique quien le hizo prisionero y le forzó a abdicar. Poco después murió, sin que le hubiera sido levantada la excomunión.
Después de Urbano II subió al solio pontificio otro benedictino, Pascual II (1099-1118). Bajo su largo y en general pacífico pontificado, la ciudad de Roma se repuso de las devastaciones de los últimos decenios y del descuido de los siglos últimos. Los arquitectos volvieron a entrar en actividad. En lugar de las viejas y decaídas basílicas, surgieron nuevas edificaciones, en parte conservadas hasta hoy: Santa María in Transtevere, San Crisógono, San Clemente, Santos Cuatro Coronados. Los abundantes y tan graciosos campanarios románicos que constituyen uno de los rasgos característicos de Roma, pertenecen también al siglo XII, así como el agradable estilo decorativo para pavimentos, pulpitos y altares, con abundante utilización de mosaico, conocido con el nombre de estilo cosmatesco.
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